Análisisviernes, 12 de septiembre de 2025
¡Es que me fregué la rodilla!
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Es inevitable caer en cuenta que los años pasan. Los primeros estragos de la falta de mocedad se reflejan en las pastillas que acumulamos, las pomadas que se vuelven aliadas o los brebajes mágicos contra la gastritis. La edad es un formalismo burocrático y una realidad biológica; tan objetiva como el tiempo y tan subjetiva como la diversidad social. Un verdadero enigma. Por ejemplo, el célebre poeta francés Víctor Hugo afirmaba que andar en los cuarenta significaba vivir la vejez de la juventud, mientras que cruzar el umbral de los cincuenta era ingresar a la juventud de la edad madura.
Cuando se acumulan calendarios en archiveros o botes de basura, te percatas de que muchos proyectos estuvieron ahí, frente al escritorio, a la vuelta de una ventana, del otro lado de un teléfono, en un aeropuerto o en una terminal de autobuses cuyo viaje partió o nos vio bajarnos anticipadamente. Entonces, para no ser víctimas de nuestra nostalgia, nos conformamos con decir que tal o cual camino no se continuó porque algo nos pasó, porque el destino nos jugó chueco o, como dirían los deportistas de cantina: “yo iba para las ligas mayores pero: ‘me fregué la rodilla’”. Esa frase se convierte en un poderoso mantra que nos despoja de la culpa y justifica nuestra realidad, por indigesta que sea.
Tal vez lesionarse la rodilla se haya convertido en una epidemia que trascendió lo físico para instalarse en el mundo espiritual. Mexicanos y mexicanas nos levantamos viendo cómo el tsunami de noticias dolorosas rodea nuestra cama, pantallas y celulares. Cuando estamos listos para salir de nuestra breve hibernación, la vida ya ha iniciado la cuenta regresiva que disponemos para tomar nuevas decisiones. Tenemos a veces horas, minutos, días o semanas para cambiar sustancialmente nuestra realidad y futuro; pero, como tradicionalmente procrastinamos y nos gana la flojera, los momentos decisivos se agotan y se acumulan ya marchitos en nuestro cuerpo, en forma de arrugas que recuerdan lo que pudo ser y no fue. Como diría cierto personaje del panteón cómico mexicano: ya casi, casi pero… ¡Lástima Margarito!
Querido lector, querida lectora: disculpa este innecesario pesimismo. Ni siquiera Arthur Schopenhauer (filósofo polaco-alemán con fama de ser el primer darketo o emo de su tiempo) se atrevió a tanto. Me operaron hace poco de la rodilla izquierda y, al salir del quirófano, entendí que se abrían dos alternativas en mi vida: asumir que, a mis treinta y tantos, ya no me cuezo al primer hervor y que tengo la excusa perfecta para correr poco, jugar sin ganas o excluirme de quienes buscan inyectarse juventud con ejercicio; o bien, reconocer que la edad es irrelevante, que tengo una segunda oportunidad para activarme en todos los ámbitos y mejorar mi calidad de vida por encima de los estándares que tenía incluso antes de la operación. Podría ser, tal vez, un mexicano que sí se fregó la rodilla, pero que se hizo responsable y decidió aprovecharlo para elevar la apuesta en sus decisiones futuras.