Los degenerados de Ca7riel y Paco
@alexbatista0
Hace tiempo que no escribía de música en este espacio, pero este caso vale la pena. No solo por lo que suena, sino por lo que representa.
Porque como bien dicen la Revista Anfibia y Mondo Sonoro, “la obra -o el arte- parece ya no ser lo central de los lanzamientos, sino el universo y la narrativa que se construye alrededor de ella”.
Y si algo confirma esta idea es Free Spirits, el nuevo álbum de Ca7riel y Paco Amoroso.
Después de que el grupo cerrará uno de los años más exitosos con 5 Latin Grammys, un Grammy por el Mejor Álbum Latino de Rock o Alternativo por su disco Papota y una gira internacional, el lanzamiento de Free Spirits no podía ser un disco más. Y no lo fue.
Todo comenzó con una ausencia. Con un disco que no salió. En noviembre anunciaron Top of the Hills, un proyecto que supuestamente estaba lleno de excesos por su fama adquirida desde ese mítico Tiny Desk.
Pero horas antes del lanzamiento, lo cancelaron. Dijeron que iban demasiado rápido, que necesitaban parar. Literalmente hicieron todo aquello de lo que estaban criticando en Papota.
Meses después reaparecieron junto Sting, el mítico cantante de The Police, anunciando su nuevo álbum. Y con ello, lanzaron su nueva narrativa.
Porque primero mostraron vulnerabilidad, después crisis, luego transformación, y finalmente, redención. Una estructura casi cinematográfica que convirtió a este nuevo álbum en algo más que música: en una experiencia emocional.
En esta nueva historia de su vida, Sting promete que los sanará de su burnout artístico y sus excesos personales, a través de terapias intensivas para que puedan expresar mejor su identidad y puedan volver a recuperar su creatividad.
Pero más allá de la excelente estrategia de marketing alrededor de Free Spirits, lo verdaderamente interesante está en lo musical.
Desde la samba con Anderson Paak, el Pop experimental en Soy Increíble, el Jazz en Goo Goo Ga Ga, hasta el Trap, el Techno, el House y el Rock Alternativo.
Un álbum caótico con letras críticas, sarcásticas y sin sentido; y una mezcla de sonidos que es —como ellos mismos se han definido— “degenerada”.
Y nada es casualidad. En un momento donde todo exige coherencia, una marca personal y una narrativa clara, ellos hacen todo lo contrario: rompen con todo. Y lo hacen porque pueden.
Porque han llegado a un punto en su carrera donde ya no necesitan validación. Pasaron de hacer “reggaetón para no morirse de hambre”, y quedar bien con la disquera, hasta crear desde un lugar mucho más genuino.
Y eso cambia todo. Porque cuando un artista deja de crear para las tendencias de las masas y empieza a crear para sí mismo, el resultado es distinto. Es más libre, honesto e incómodo.
Free Spirits suena a eso. A un proyecto artístico hecho sin el temor del “qué dirán”. A un proyecto donde el ritmo lo ponen ellos, no el mercado.
Ellos mismos lo han dicho, todo está inventado. Y si todo está inventado, entonces lo único que queda es reinterpretar, mezclar, deformar. Agarrar un género, romperlo y volverlo a armar bajo sus propias reglas.
Por eso las letras absurdas, los cambios abruptos, las combinaciones extrañas. Porque no buscan encajar, están expresándose como quieren. Y en ese proceso, rompiendo otra barrera: la de lo cancelable.
Porque han construido un personaje, o quizás una versión demasiado exagerada de sí mismos, tan irreverente, caótica y tan auténtica, que ya no opera bajo las reglas de lo que se puede o no se puede decir.
En una cultura donde todo está medido, filtrado y calculado, encontrar artistas que se permiten ser incómodos, contradictorios o incluso ridículos, resulta refrescante.
Y eso es lo que termina conectando con la gente. No porque todos estén de acuerdo con lo que dicen, sino porque representan esa valentía de decir lo que quieran y expresar lo que sea que quieran.
Para muchos no es su mejor disco. Pero sí uno de los más honestos.
Porque refleja el momento exacto en el que se encuentran. Un punto donde el éxito les permitió dejar de pedir permiso.
Y eso, en el arte en general, es quizá lo más difícil de conseguir.
Porque al final, cuando el artista se permite ser completamente libre, deja de hacer música para el mundo… y empieza a hacerla para sí mismo.
Y es justamente ahí donde, paradójicamente, el mundo termina escuchando.

















