Acaba de ser lanzado el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) correspondiente a 2024, elaborado por Transparencia Internacional, el cual da cuenta, año con año, de la corrupción como mal público endémico a escala planetaria en términos de percepción. En una escala de cero a cien, donde cero es mucha corrupción y cien implica muy baja corrupción, el desempeño de la mayoría de los países del mundo no ha sido satisfactorio, pues ya no hay calificaciones de excelencia como tales, según se llegó a presentar en algunos informes pasados. Por tal circunstancia, desafortunadamente el combate a la corrupción en la generalidad del globo terráqueo ha ido a la baja, a pesar de conquistas relativamente recientes como el reconocimiento institucional de la transparencia y del derecho humano a un ambiente libre de corrupción.
Dinamarca, por séptima ocasión consecutiva, encabeza el IPC con un puntaje de 90, y aunque puede ser considerado como el modelo a seguir, un análisis de su desempeño también es indicativo del declive al cual nos referimos en este escrito. En el IPC 2023, esta nación escandinava obtuvo la misma calificación de 90; en 2022 también consiguió 90; en 2021 fue 88; en 2020 fue también de 88; en 2019 fue de 87; en 2018 fue 88; en 2017 también 88; en 2016 fue 90; en 2015 fue 91; en 2014 fue 92; en 2013 fue 91; y en 2012 fue 90. Esta comparativa de resultados muestra que, aunque hubo un pico de 92 en el año 2014, en realidad el país menos corrupto del mundo ha dado un giro de trescientos sesenta grados para regresar al mismo lugar de 2012. Esto es sintomático, en general, de los vaivenes que representa el combate a la corrupción: una montaña rusa repleta de cambios repentinos.
El IPC también revela datos demoledores que muestran, entre otras cosas, una falta de plenas garantías para satisfacer de forma adecuada el derecho a un ambiente libre de corrupción. Por ejemplo, casi 6,800 millones de personas, es decir, el 85% de la población mundial, vive en países que obtuvieron un puntaje inferior a 50; es decir, la inmensa mayoría de las personas en el planeta viven en lugares altamente corruptos, lo cual no es sino una pésima noticia por los profundos impactos que, como es bien sabido, tiene la corrupción en el desarrollo humano, en el desarrollo económico y en el desarrollo sostenible -igual de importantes, desde luego-.
Por eso es que, aunque no se reconozca así en el seno de la comunidad internacional, vivimos en una crisis permanente cuyos efectos se dejarán sentir en las generaciones venideras, tal y como sucede por ejemplo con el tema del cambio climático, de lo cual hablaremos con mayor detalle en una próxima oportunidad, pues también se pone sobre la mesa de la discusión por Transparencia Internacional como uno de los aspectos alarmantes de la corrupción como cáncer extendido en la actualidad, cuyos tentáculos arrasan con todo lo que pueden a su paso.
Al ser un tema no tan políticamente redituable, lamentablemente la corrupción sólo tiene una mayor visibilidad en estas épocas del año cuando es lanzado el IPC correspondiente, pero lo cierto es que debería ser una ocupación y una preocupación permanente. Ojalá que en el futuro próximo pueda incrustarse de lleno en la agenda global a partir de compromisos, responsabilidades y sanciones, y no sólo de peroratas y discursos estériles que a poco conducen en la realidad social.