Análisisdomingo, 9 de noviembre de 2025
El propósito de la espada
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“Toda persona debe someterse a las autoridades de gobierno, pues toda autoridad proviene de Dios, y los que ocupan puestos de autoridad están allí colocados por Dios. Las autoridades están al servicio de Dios para tu bien; pero si estás haciendo algo malo, por supuesto que deberías tener miedo, porque ellas tienen poder para castigarte. Están al servicio de Dios para cumplir el propósito específico de castigar a los que hacen lo malo.” Romanos 13:1, 4 NTV
El reciente y lamentable asesinato del presidente de Uruapan, Carlos Manzo, puso en evidencia una vez más la fragilidad del Estado mexicano. ¿Cuántos gobernantes se atreverán en lo sucesivo a confrontar al crimen organizado? ¿Quién es el responsable de una muerte de esta envergadura? ¿Fue un asesinato más o es un desafío directo al Estado mexicano? ¿Cómo puede ser posible que las fuerzas de seguridad no actúen con todo el peso que amerita la ocasión? ¿Podemos atrevernos a definirlo incluso como magnicidio?
Las Sagradas Escrituras revelan la forma como Dios ve al Estado. Estas palabras del apóstol Pablo a los Romanos nos dicen que toda autoridad, no la persona en sí, sino esta como institución, ha sido establecida por Dios y que parte fundamental de su función es usar el uso de la fuerza para mantener el orden. También dice que si somos ciudadanos de bien no deberíamos tenerle miedo a la autoridad, sino más bien sentirnos seguros, pues su función es castigar al malo. Dice además que esa función tiene dimensiones divinas: “están al servicio de Dios”.
Es perfectamente entendible entonces, que en un Estado donde, de manera sistemática e intencional se ha pretendido, bajo la bandera del “laicismo” quitar a Dios de todo, haya proliferado la peligrosa política del “abrazos no balazos”. Es verdad que el uso de la fuerza en el pasado no sirvió de nada cuando estaba dirigida por la corrupción, al servicio de algunos grupos, mientras los ciudadanos comunes creíamos que finalmente la guerra se estaba librando. Pero el fracaso del pasado no nos autoriza a cambiar la naturaleza de las cosas: “la espada fue instituida por Dios para castigar al malo”. Punto y aparte.