Análisisdomingo, 30 de noviembre de 2025
Vendrá el Hijo del Hombre
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Iniciamos el tiempo de Adviento; eclesialmente hablando, hemos dado el cierre al ciclo anterior e inauguramos un nuevo año litúrgico. En los árboles, cada ciclo marca un «círculo» en su tronco, notable si hiciéramos un corte horizontal. En nosotros, la huella del tiempo va dejando el tiempo consumido y la cercanía cada vez mayor de nuestro fin, sea cuando fuere. En algunos relojes antiguos de péndulo se solía escribir una cita en latín: «Vulnerant omnes, ultima necat», que traducido significaría que todas las horas hieren, pero la última mata. Por eso las personas ya con experiencia cuando empieza un día nuevo se suelen referir con mucha sabiduría a ellos con la expresión «un día más que vivir, un día menos de vida». Cerramos un ciclo, se viene la preparación de la navidad, una más, una menos. Depende de donde se cuente.
Hago estas reflexiones no por negativista, sino porque nos acercan al sentido del adviento. Porque, en efecto, para iniciar la preparación para la Navidad, la Iglesia, en el evangelio dominical, nos menciona que vendrá el Hijo del Hombre, pero más con una referencia al culmen que al inicio, es decir, más al final de la vida de cada uno que al principio en su nacimiento en la carne. Vendrá el Señor, sí, pero al encuentro personal en la vida de cada persona. Por eso el adviento es espera y esperanza. Espera porque vendrá, esperanza porque se tiene el sentido de redención.
De ahí que iniciemos el mes de diciembre, manifestando esperanza. Curiosamente es el mes más oscuro del año, pero el mes que se llena de más luces, por la preparación para la navidad. Se trata de un signo, en medio de la oscuridad del mundo, se nos propone lanzarnos a la esperanza nuevamente. Isaías lo manifiesta poéticamente: «De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra». Una visión profética que describe la esperanza de todos los tiempos y de todos los pueblos, las armas se convierten en instrumentos de progreso, mientras que se acaba todo aquello que destruye la paz.
Así es la venida del Hijo del hombre, que trae la paz. Y esta pensada desde las dos perspectivas, la histórica, que recuerda cuando Jesús vino y trajo, con su presencia, la «noche de paz»; y la escatológica, en la que Jesús vendrá a darnos la paz eterna, literalmente hablando, en el paso de nuestra vida presente y llena de complicaciones a la vida eterna y vida de descanso en paz.
¿Cuándo sucederá esto? Solo Dios sabe. Aveces se nos pregunta: ¿por qué Dios nos esconde una cosa tan importante como es la hora de su venida, esto es, de nuestra muerte? La respuesta tradicional es: «Para que estemos vigilantes, creyendo cada uno que el hecho puede suceder en sus días» (san Efrén Siro).
Pero el motivo principal es que Dios nos conoce; sabe qué terrible angustia habría sido para nosotros conocer la hora exacta con anticipación y asistir al lento e inexorable aproximarse. Por eso lo desconocemos. Pero nos corresponde a nosotros estar atentos, leer los signos de los tiempos para comportarnos honestamente y velar y estar preparados, porque a la hora que menos esperemos, vendrá el hijo del hombre.