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Culturadomingo, 8 de marzo de 2026

Admirando mi propia tumba

El solitario conductor explora un panteón en medio de la carretera nocturna y desciende por una fosa subterránea que esconde la escalofriante fecha de su propio final trágico

Alberto Serrato

Una lámpara amarillenta colgaba de un poste inclinado y titilaba débil como un corazón a punto de morir.

Reduje la velocidad sin saber exactamente por qué. A veces el cuerpo y la mente se detienen sin una orden cerebral. Orillé el coche y giré la llave sin saber lo que me esperaba.

Cuando bajé, el aire de la madrugada me golpeó el rostro y dejó en mi nariz un olor a tierra vieja, musgo y unas notas florales parecidas a las de un funeral.

Encendí la linterna del celular y avancé en medio de las hierbas sin darme cuenta que en realidad caminaba sobre un cementerio.

Las criptas estaban hundidas y alineadas de manera irregular, algunas selladas con placas de cemento agrietadas y otras coronadas por cruces oxidadas que parecían inclinarse lentamente hacia el suelo como si el peso del tiempo hubiera terminado por doblarlas.

Lo primero que me llamó la atención fue el olor y la ironía de la ausencia de flores.

Después noté que tampoco había ofrendas, ni flores, ni cruces, tampoco recuerdos. El lugar no parecía abandonado; parecía olvidado. Fue entonces cuando vi la cripta abierta.

No estaba abierta como si alguien la hubiera profanado. Era una apertura natural, como si la losa fuera un diseño parecido a una puerta subterránea.

El morbo gritó dentro de mi cabeza. Me acerqué y dirigí la luz hacia el interior esperando encontrar un ataúd o quizá un nicho vacío, pero en lugar de eso descubrí unos escalones que descendían hacia la tierra.

Me acerqué a la primera y leí el nombre de alguien tan antiguo como las culturas ancestrales. Debajo había una fecha: febrero 2038.

Pensé que tal vez la placa estaba mal grabada, así que avancé hacia la siguiente. Mayo 2049. Un peso extraño comenzó a instalarse dentro de mi pecho, esa sensación incómoda que aparece cuando algo se rompe dentro de la lógica que sostiene la realidad.

Sentí ganas de vomitar, no exactamente por miedo sino algo más parecido a la incredulidad pesada que aparece cuando uno despierta dentro de un sueño demasiado real. Bajé la luz y leí la fecha. Era esa misma noche. Marzo 7 del 2026.

Pasé los dedos por las letras y sentí cómo algo frío me recorría la espalda cuando leí mi nombre por segunda vez. Debajo de la fecha había una frase corta grabada con una precisión inquietante:

“Llegó antes de tiempo”. Fue entonces cuando entendí algo que hubiera preferido no comprender nunca. Ese lugar no era un cementerio. Era el sitio donde yo pasaría la eternidad.

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