El último pasajero
Un conductor experimentó un encuentro sobrenatural en la carretera tras atropellar a un joven y descubrir que el espíritu de la víctima lo acompañó en su vehículo
Alberto Serrato
La carretera no siempre está sola; a veces hay viajeros que no podemos ver.
Aquella noche yo llevaba casi dos horas conduciendo mi pickup sin cruzarme con nadie. La carretera se antojaba desolada y tranquila, pero no lo suficiente como para detenerme.
El reloj marcaba poco después de la una de la madrugada y el frío comenzaba a meterse por las rendijas del carro como si algo lo acompañara desde el más allá. Era noviembre y el invierno lamía en las noches como un gato lo haría en su pelaje antes de dormir.
Fue entonces cuando vi la silueta.
Estaba a un costado de la carretera, de pie, sin hacer señas, sin moverse. No levantó la mano, no caminó hacia el asfalto, no hizo nada que indicara que necesitaba ayuda. Solo estaba ahí como un objeto inanimado, pero con una mirada viva.
Reduje la velocidad más por instinto que por decisión. No suelo subir gente en carretera, menos de noche y menos en un tramo tan solo, pero hay algo en la presencia humana que te obliga a reaccionar aunque no quieras, quizá en honor a la frase «amarás a tu prójimo».
El tipo se acercó despacio, subió a la caja sin permiso y se sentó en un rincón. No dijo nada y solo me observó con agradecimiento.
—¿A dónde vas? —pregunté, más por romper el silencio que por interés real de saber su destino.
—Más adelante, no muy lejos —respondió.
—Súbete, yo te llevo —dije sin asimilar aún que el hombre ya estaba arriba.
Su voz era baja, casi apagada, como si hablar le costara un esfuerzo innecesario. Arranqué el motor. Abrí la ventanilla trasera y durante unos minutos nadie dijo nada.
Miré el retrovisor.
El hombre estaba ahí, sentado en un rincón de la caja, mirándome sin expresión alguna. No apartaba la mirada. No sonreía. No parpadeaba; quizá tampoco respiraba.
—¿De dónde vienes? —intenté de nuevo romper el muro de hielo.
No respondió. Pensé que quizá no me había escuchado, pero en ese mismo instante habló:
—No me detuve al cruzar —fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—No me detuve… cuando debí hacerlo y venías tú, por eso sentiste frío.
Sentí un pequeño escalofrío recorrerme la espalda. No supe qué decir. No porque sus palabras fueran particularmente extrañas, sino porque había algo en la manera en que las dijo que parecía cargar un peso más grande que la frase misma.
Seguí manejando. Pasaron unos minutos más. La carretera seguía vacía. Demasiado vacía. Volví a mirar el retrovisor.
El rincón donde iba sentado estaba vacío. El corazón me dio un golpe seco contra el pecho. Frené instintivamente. Volteé hacia atrás. No había nadie.
Sentí que el estómago se me hundía y luego una masa tibia subió desde el esófago hasta salir expulsada en forma de vómito; sentí un mareo repentino, pero no me dejé vencer.
Miré hacia el cofre, luego hacia el cuerpo. No podía creerlo.
Fue entonces cuando lo entendí. Yo no lo había subido. Yo lo había atropellado y su alma me había hecho compañía un par de minutos antes de matarlo.






























