El director general de HSBC México, Jorge Arce, asegura que la economía mexicana mantiene fundamentos sólidos y oportunidades de crecimiento, incluso ante la incertidumbre comercial.
Baja California, Chihuahua, la Ciudad de México, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Sinaloa, Sonora, Tamaulipas y Veracruz son los estados con más empresas dadas de baja entre 2023 y 2024
El hijo de Ayatolá Alí Jamenei acumuló poder bajo el mandato de su padre como figura destacada cercana a las fuerzas de seguridad y al vasto imperio empresarial que estas controlan
Con más de 260 millones de jugadores activos cada mes, Roblox y Fortnite están redefiniendo cómo socializan los jóvenes y cómo pagan para vestirse según las inspiraciones digitales
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
El medio tiempo del Super Bowl dura alrededor de 15 minutos, pero es observado por más de 120 millones de personas en Estados Unidos y cerca de 200 millones a nivel mundial. Es uno de los momentos culturales más vistos del planeta. En el espectáculo encabezado por Bad Bunny, lo que apareció sobre el campo no fue únicamente música: fue una coreografía territorial. En cuestión de segundos se montaron y desmontaron paisajes urbanos completos —calles caribeñas, azoteas densas, fachadas populares— que remitían a Puerto Rico y a la biografía del artista. No eran decorados: eran fragmentos de ciudad operando en tiempo real, con precisión milimétrica.
Ese despliegue ocurrió en Santa Clara, California, dentro del Levi’s Stadium, un recinto con capacidad superior a 68 mil espectadores, concebido desde su origen para eventos globales. El estadio no funciona como objeto aislado: se inserta en una red afinada de movilidad, seguridad, servicios y telecomunicaciones capaz de absorber picos extremos de demanda. Ahí termina el espectáculo visible y comienza el verdadero tema de fondo: los grandes eventos deportivos no se sostienen con escenarios, se sostienen con ciudad.
Por eso el Super Bowl, la Copa del Mundo o los Juegos Olímpicos no son solo espectáculos deportivos, sino ejercicios de política urbana. No se trata de organizar partidos, sino de demostrar capacidad institucional, coordinación intergubernamental y visión territorial. Organismos como la FIFA no evalúan únicamente estadios: evalúan ciudades completas. Sistemas de transporte, protocolos de seguridad, hospitales, aeropuertos, telecomunicaciones, espacio público y gobernanza. Postularse como sede es aceptar un examen público frente al mundo.
México volverá a presentar ese examen en 2026. Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara serán sedes del Mundial. Serán pocos días de competencia, pero con una presión urbana excepcional. El acceso al evento confirma su carácter excluyente: los boletos para partidos mundialistas, de acuerdo con esquemas preliminares y experiencias recientes, se anticipan con precios promedio por arriba de los 1000 dólares, y significativamente mayores en fases decisivas. El evento no está pensado para todos. Precisamente por eso, la inversión pública que lo hace posible no puede ser efímera ni superficial.
En la Ciudad de México, el epicentro simbólico será nuevamente el Estadio Azteca. Inaugurado en 1966 y con capacidad cercana a 83 mil personas, el estadio fue diseñado por Pedro Ramírez Vázquez, quien tomó una decisión arquitectónica tan radical como visionaria: enterrar gran parte del volumen del estadio en la topografía volcánica del sur de la ciudad. Con ello redujo el impacto visual, mejoró la estabilidad estructural y facilitó el manejo de multitudes masivas. No fue un gesto estético, fue una solución urbana avanzada para su época.
El Azteca es único por un dato fácil de recordar y difícil de igualar: es el único estadio del mundo donde se han jugado dos finales de Copa del Mundo. Ahí Pelé levantó el trofeo en 1970 y Maradona en 1986, después del “Gol del Siglo” y la “Mano de Dios”. La historia global del fútbol está inscrita en ese lugar. Sin embargo, su entorno urbano no refleja hoy esa grandeza simbólica. Accesos saturados, transporte público insuficiente para eventos de gran escala y barrios colindantes que absorben costos urbanos sin recibir beneficios estructurales.
Ahí aparece la verdadera oportunidad —y el verdadero riesgo— del Mundial 2026. Las propuestas actuales tienden a concentrarse en la modernización del estadio: tecnología, imagen, cumplimiento de estándares. Todo eso es indispensable, pero es claramente insuficiente. La experiencia internacional demuestra que el legado no se juega dentro del recinto, sino en la ciudad que lo rodea.
Otras ciudades entendieron esto con claridad. El Maracanã, concebido para el Mundial de 1950, redefinió centralidades urbanas y sistemas de movilidad en Río de Janeiro. Barcelona 1992 utilizó los Juegos Olímpicos para abrir la ciudad al mar y reconfigurar barrios completos; Londres 2012 transformó el East End con parques metropolitanos, miles de viviendas y nuevas líneas de transporte. En todos los casos, el evento fue temporal; la ciudad resultante, permanente.
México tiene un antecedente propio y contundente. La Villa Olímpica de 1968 no fue arquitectura efímera: se convirtió en vivienda para familias, con superficies generosas y buena inserción urbana. Fue planeación pensada desde el inicio para el “después”. Ese principio es el que hoy debería guiar las decisiones en torno al Mundial.
El torneo ofrece una excusa excepcional para activar una cartera integral de acciones urbanas: planes parciales en los entornos de los estadios; ajustes de usos de suelo con enfoque social; incorporación de vivienda bien localizada y céntrica; fortalecimiento del transporte público; y, de manera estratégica, la consolidación de corredores turísticos y subcentros urbanos. No se trata solo de llevar visitantes al estadio, sino de conectar esos flujos con centros históricos, centralidades culturales y economías locales, distribuyendo inversión y espacio público más allá del perímetro inmediato del evento.
Los estadios, desde el Coliseo hasta los grandes recintos contemporáneos, siempre han sido algo más que infraestructura deportiva: son símbolos de identidad, poder y ambición colectiva. Pero su verdadero valor no se mide por el partido que albergan, sino por la ciudad que ayudan a construir cuando todo termina.
El medio tiempo dura quince minutos. El Mundial, unas semanas. La ciudad que queda después puede durar generaciones. La diferencia entre organizar un espectáculo impecable y dejar un legado urbano transformador no está en la cancha ni en el escenario, sino en la planeación que ocurre cuando las cámaras se apagan. Esta vez, el mundo volverá a estar mirando. Lo que está en juego no es un torneo, es la ciudad que decidamos dejar.