…cuando la planeación es la verdadera forma de acelerar.
La regulación, en este contexto, debe ser esencial, clara y funcional. No una sobrerregulación que paralice, sino un marco que ordene, acompañe y permita corregir mediante evaluación y seguimiento constantes.
Planear no es frenar. Planear es la forma más honesta de cumplir.
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El ministro de Defensa de Colombia descartó que el accidente se haya producido por un ataque, pese a que el incidente se registró en una zona donde operan varias disidencias de las FARC
Viajeros en EU se han enfrentado en la última semana a filas de hasta cuatro horas debido a la falta de personal de la Administración de Seguridad en el Transporte
Un grupo de jubilados de la CFE se manifestó a las afueras de la Cámara de Diputados en contra de la reforma de pensiones doradas para defender sus retribuciones superiores a los 100 mil pesos mensuales
Entre las sustancias destruidas se encontraban compuestos utilizados en la elaboración de drogas sintéticas, como tolueno, ácido clorhídrico, acetona, etanol y ácido sulfúrico
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Durante mucho tiempo se ha explicado el fracaso de los grandes proyectos con una idea cómoda: que su escala los vuelve inevitables al error. Que los sobrecostos, los retrasos y la reducción de beneficios son el precio natural de la complejidad. Sin embargo, la evidencia internacional demuestra lo contrario. Los grandes proyectos no suelen fallar en la obra; fallan mucho antes, en la forma en que se conciben y se planean.
Esta afirmación se sostiene con datos duros. El análisis comparado de más de 16 mil proyectos de gran escala, desarrollados en 20 sectores distintos —infraestructura de transporte, energía, equipamiento social, cultura, defensa, tecnología, entre otros— y ejecutados en 136 países, muestra un patrón contundente: el 99.5 % de los proyectos presenta desviaciones relevantes. O cuestan más de lo previsto, o tardan más, o entregan menos beneficios de los prometidos. No se trata de casos aislados, sino de una regularidad estructural.
Esta tesis queda claramente formulada en el libro How Big Things Get Done, de Bent Flyvbjerg y Dan Gardner, donde se demuestra que la principal causa de estas desviaciones no es técnica, sino decisional. La ingeniería, los sistemas constructivos y los materiales suelen responder adecuadamente. El problema aparece en las decisiones tempranas: estimaciones optimistas, presión política por iniciar rápido, subestimación de riesgos y la creencia persistente de que “esta vez será distinto”. Cuando se planea para arrancar pronto y no para ejecutar bien, el fracaso queda sembrado desde el inicio.
De ahí surge una lección tan simple como incómoda: los proyectos que se ejecutan más rápido son aquellos que más tiempo dedicaron a planear. Esto no implica que la planeación deba ser infinita ni que todo pueda anticiparse. La planeación también tiene un límite temporal: llega un punto en el que es necesario cerrar definiciones, asumir riesgos residuales y avanzar. Pero la evidencia muestra que invertir de manera suficiente y temprana en el proceso de planeación reduce drásticamente los riesgos posteriores y permite que la ejecución sea más ágil, ordenada y eficiente.
Un ejemplo claro es el Museo Guggenheim Bilbao. Antes de iniciar obra, el equipo encabezado por Frank Gehry dedicó cerca de dos años completos exclusivamente a la planeación. Durante ese periodo se desarrollaron secciones a escala uno a uno, se probaron soluciones constructivas complejas y se coordinó de forma exhaustiva a todas las disciplinas involucradas. El resultado fue excepcional: la obra se concluyó aproximadamente 3% por debajo del presupuesto aprobado, algo prácticamente inédito para un edificio icónico de esa complejidad. No fue suerte ni improvisación; fue planeación llevada hasta su punto óptimo antes de construir.
México cuenta también con un referente histórico sólido. Ciudad Universitaria, construida entre 1949 y 1954, es uno de los ejercicios de planeación integral más relevantes del país. El proyecto fue coordinado por Mario Pani y Enrique del Moral, e integró a más de 60 arquitectos, ingenieros y artistas bajo una visión común. Desde el inicio se concibió como un campus completo: zonificación académica clara, infraestructura, espacios públicos, integración plástica e identidad arquitectónica. La obra se ejecutó en alrededor de cinco años, sin registros de sobrecostos desproporcionados que comprometieran su viabilidad, y con un impacto que se mantiene vigente más de siete décadas después. Su reconocimiento como Patrimonio Mundial valida algo más profundo que su valor estético: la eficacia de una planeación profunda, colectiva y bien acotada en el tiempo.
Estos casos confirman que los proyectos que funcionan comparten principios claros: simplicidad constructiva, estandarización inteligente y modularidad, sin renunciar a la identidad cultural y local. La innovación se concentra donde realmente agrega valor y se evita reinventar lo que ya ha probado funcionar. La planeación se entiende como un proceso vivo, que analiza, prueba, corrige y ajusta, pero que también reconoce cuándo detenerse para dar paso a la ejecución.
Esta lógica resulta clave para los grandes proyectos institucionales. Infraestructura carretera, energética, educativa, de salud o seguridad no puede depender de improvisaciones. Aunque ningún proyecto puede anticiparlo todo, la evidencia demuestra que cuanto más definido está antes de iniciar obra, más rápida y eficiente es su ejecución. El tiempo invertido en pensar reduce conflictos, retrasos y costos durante la construcción.
La experiencia reciente del país refuerza esta idea. Durante la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador, la ejecución de proyectos estratégicos fue notablemente rápida. Esto no puede entenderse sólo como una decisión coyuntural, sino como el resultado de décadas de planeación, conocimiento profundo del territorio y claridad política sobre los cambios estructurales que debían ejecutarse en un periodo acotado. La rapidez no fue improvisación; fue acumulación de definición. Esta metodología, además, fortalece a la administración actual, al dejar un marco de actuación probado.
Pero la planeación no es únicamente técnica. Es también social y política. Los proyectos fracasan cuando pierden legitimidad en el territorio. Por eso, la validación social es una condición central del éxito: escuchar a las comunidades, alinear actores, construir acuerdos y gestionar expectativas desde el inicio.
En el fondo, planear bien no es retrasar el desarrollo. Es una postura ética frente al uso de los recursos públicos. Implica reconocer que hacer grandes cosas no es una lucha de egos, sino un trabajo interdisciplinario orientado al bien común. Los proyectos verdaderamente exitosos no son los que prometen más, sino los que cumplen.