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De la presentación de la iniciativa de reforma electoral que hizo la Presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, el miércoles pasado, destaco una frase: “No queremos un partido de Estado, no queremos un partido único; queremos que se reconozca la diversidad política de nuestro país de acuerdo con la votación que tienen en la elección”.
Me parece correcto que la mandataria rechace, cuando menos discursivamente, la idea de Morena como un partido de Estado, como el nuevo PRI —aunque sus acciones parecieran ir en sentido contrario—. También es pertinente el reconocimiento a la “diversidad política de nuestro país”, luego de que se ha negado a reconocer a los opositores, anulando en los hechos su juramento de gobernar para todos los mexicanos, con el peregrino argumento de que Morena es mayoría casi unánime y los demás no existen o son corruptos.
Hasta ahora, los análisis del proyecto de la reforma electoral me parecen poco confiables: sólo reflejan la polarización política del país. Hay quienes ven en ella un artefacto monstruoso para triturar a la oposición, y hay quienes la consideran el documento más brillante que se ha elaborado desde los 10 Mandamientos. Ninguna opinión en tales extremos sirve.
Lo cierto es que, en los hechos, el sistema electoral que tenemos actualmente ya reconocía el valor de los votos y su peso. Tanto así que fue capaz de darle mayoría al PAN cuando la tuvo, al PRI cuando la volvió a tener y a Morena ahora que la ha conquistado. No parece correcto asegurar que vivimos en la antidemocracia.
Por el contrario, se fue armando con el tiempo un aparato electoral sofisticado —muy caro, si se quiere—, pero capaz de darle a cada fuerza política el grado de participación justo, en función de los votos obtenidos. ¿Es urgente cambiarlo? No lo pareciera. Si acaso, hacerlo menos oneroso.
Lo cierto es que detrás de la narrativa oficial de que la oposición no existe hay un grave error de cálculo. Si bien la hegemonía la tiene hoy Morena, el hecho es que en el país hay mucha oposición: plural, heterogénea, dispersa y mal organizada, pero importante y digna de tomar en cuenta.
Desde la izquierda radical, donde están el EPR, los anarquistas, el Bloque Negro, el Frente Nacional de Lucha contra el Socialismo y el Partido Comunista, pasando por los tradicionales PRI y Somos México (antes PRD), hasta los nuevos partidos evangélicos casi aprobados, el conservador PAN, y más hacia allá la ultraderecha de Eduardo Verástegui y el ensayo libertario “trumpista”, tipo Milei, de Ricardo Salinas Pliego.
Que no se les puede echar a todos en el mismo costal, lo entiendo; pero que conforman la reserva política de quienes no piensan como el partido oficial también es cierto. Considerar que todos y cada uno no tienen futuro ni cabida en el país es un error. Considerar que Morena será eterno, que es “el fin de la historia” mexicana, al estilo Fukuyama, tampoco. Podrán no gustarnos algunos o todos de los mencionados, pero de ahí, o de alguna de sus variantes, saldrá la futura hegemonía nacional.
Urge, pues, fortalecer el debate nacional: serio, civilizado, plural y heterogéneo, como lo es el país mismo. Morena tiene el derecho de luchar por conservar el poder (vocación inevitable de los partidos gobernantes), pero no a costa de aplastar opositores a la mala o con trampas. Tenemos mucho debate político por delante y debemos estar receptivos a todas las ideas que los mexicanos generemos.