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A lo largo de la historia hemos sido testigos de innumerables guerras, y estas siempre se deciden en edificios gubernamentales y cuarteles, donde algunos resuelven —motivados por intereses de geopolítica, ambición personal de poder o estrategia global— iniciar una conflagración con uno o varios países. Sin embargo, mientras esas decisiones se discuten en salas de gobierno, quienes terminan pagando el precio más alto suele ser la población común, y particularmente las personas más vulnerables: las infancias.
Existen cifras que con frialdad muestran esta triste realidad. De acuerdo con datos de Naciones Unidas y organismos humanitarios, desde 2005 se han verificado más de 315,000 violaciones graves contra niñas y niños en conflictos armados en más de 30 países, como asesinatos, mutilaciones, secuestros, reclutamiento forzado y violencia sexual. Tan solo en ese periodo, al menos 120,000 han sido asesinados o mutilados por la guerra, lo que equivale a casi 20 afectados cada día por la violencia armada.
Hoy en día ni siquiera es necesario estar en una guerra abiertamente declarada, ya que, en cambio, se realizan ataques aislados, pero continuos, con lo cual estos hechos bélicos tienen mayor alcance. Se estima que más de 473 millones de niñas y niños —casi uno de cada cinco en el planeta— viven hoy en zonas afectadas por guerras o conflictos armados. Esto hace que se encuentren en un entorno de violencia, además de ser desplazados de sus hogares y que forman parte de generaciones en las que la guerra se ha ido normalizando.
Por citar un ejemplo, en el conflicto entre Israel y Hamás, que escaló en 2023, se estima que más de 17,000 niñas y niños han muerto, además de decenas de miles de heridos y más de un millón de desplazados. La infraestructura civil fue devastada: escuelas, hospitales y viviendas quedaron destruidos, afectando profundamente la vida de la población civil.
Ucrania es otro ejemplo, tras la invasión rusa iniciada en 2022, Naciones Unidas confirmó que cerca de 2,000 niñas y niños han muerto o resultado heridos en el conflicto, aunque las autoridades advierten que el número real podría ser mayor debido a las dificultades para documentar todos los casos en zonas de combate.
En el más reciente conflicto armado entre Israel, Irán y los aliados de ambos bandos, hemos visto la cruda realidad que el mundo vive, y sobre todo Oriente Medio, dejando más de 181 niñas y niños muertos; esto es terrible y no debemos acostumbrarnos a esa realidad que no tendría que ser y menos por perseguir los intereses de estos “líderes poderosos”.
Tales cifras no son solo estadísticas. Cada número representa una vida interrumpida, una familia rota y una infancia perdida. Las guerras modernas ya no se libran exclusivamente en campos de batalla; se libran en ciudades, barrios, escuelas y hospitales. La línea que separa a combatientes y civiles se ha vuelto cada vez más difusa.
Los líderes ya no van al campo de batalla ni entonan su himno antes o después de un ataque, pues, como mencioné al principio de esta columna, hoy se toman decisiones bajo una motivación de intereses unilaterales y hasta personales, dejando de lado la paz mundial y el nacionalismo.
Frente a esta realidad mundial, México debe observar con atención las lecciones de la historia. Nuestro país no está rodeado de guerras internacionales, pero vive sus propios desafíos internos y un contexto mundial cada vez más tenso. La experiencia de otras regiones demuestra que la división interna puede debilitar a las naciones y abrir espacios para conflictos mayores.
Por ello, la unidad nacional sigue siendo uno de los pilares más importantes para cualquier país. No se trata de eliminar las diferencias políticas —que son naturales en una democracia—, sino de reconocer que existen intereses superiores que deben protegerse: la estabilidad, la paz y el bienestar de las futuras generaciones.