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El 3 de diciembre, en una fecha que no buscaba hacer ruido, pero sí dejar huella, el INAH abrió una puerta que llevaba años insinuándose: el inicio del Seminario Permanente de Humanidades y Ciencias Sociales Digitales, inscrito en el recién creado Programa de Cómputo Académico.
No fue una ceremonia más, ni una adición burocrática al calendario institucional. Fue, en cambio, la manifestación serena de un giro intelectual: la aceptación de que lo digital ya no es un lenguaje marginal, sino una dimensión inevitable del mundo en el que pensamos, investigamos y preservamos la memoria.
Quienes asistimos a esa sesión inaugural, colegas de disciplinas tan distintas como cercanas —arqueología, historia, antropología, lingüística, conservación, museología, educación, restauración, comunicación visual, ingeniería cultural—pudimos sentir que algo se movía bajo la superficie: un modo distinto de entender el deber histórico del INAH. La tecnología ya no aparece como aparato o accesorio, sino como un campo de reflexión que obliga a revisar nuestras prácticas. No sustituye a las humanidades; las interpela, las obliga a pensar mejor.
En este nuevo territorio, el cómputo académico se convierte en una especie de infraestructura cognitiva, una arquitectura invisible que sostiene una forma contemporánea de hacer escuela, de producir conocimiento y de custodiar el patrimonio. No se limita a máquinas o programas: es un andamiaje que articula repositorios, estándares, bases de datos, capacitación, alfabetización tecnológica y vínculos entre disciplinas que antaño trabajaban separadas. Es la biblioteca del futuro: no guarda libros, sino posibilidades. Es el lugar donde arqueología y programación se encuentran sin miedo, donde historia y visualización se refuerzan mutuamente, donde la conservación se abre a los gemelos digitales y donde la etnohistoria descubre capas de sentido en mapas interactivos.
En ese marco, las Humanidades Digitales y las Ciencias Sociales Digitales dejan de ser etiquetas y se convierten en lentes. Las primeras observan los rastros de la cultura que viven en lo digital: cartografías históricas dinámicas, análisis de corpus documentales, anotaciones semánticas, reconstrucciones tridimensionales, ediciones críticas en línea. Las segundas indagan en la vida social que transcurre en plataformas y algoritmos: comunidades dispersas que se encuentran en pantallas, identidades que se producen en conversación con interfaces, movimientos sociales que se narran en tiempo real, memorias colectivas que circulan entre afectos y violencias digitales. La pregunta es sencilla pero radical: ¿cómo comprender la experiencia humana cuando parte de ella ocurre en un espacio que no es físico, pero sí profundamente real? La pantalla, al fin, también es territorio.
Para una institución encargada de proteger la memoria material e inmaterial del país, esta pregunta no es trivial. El patrimonio entra a la era digital y obliga a reconfigurar métodos, éticas y responsabilidades. Hoy el registro arqueológico necesita LiDAR y fotogrametría; las zonas de salvamento trabajan con modelos 3D; los acervos se preservan en nubes seguras; los museos dialogan con públicos que llegan primero por las interfaces y después por las puertas. Las narrativas sobre identidad, historia y comunidad circulan en redes donde conviven la divulgación, la desinformación y la disputa simbólica. En ese entorno, el futuro del INAH se escribe con tecnología, pero solo puede leerse con humanismo.
Las disciplinas, una a una, sienten esta transformación. La arqueología se descubre aliada de los algoritmos que iluminan estructuras ocultas. La antropología social acompaña a comunidades que ahora habitan simultáneamente en el territorio y en la pantalla. La antropología física reconstruye rostros y poblaciones desde modelos biométricos. La historia analiza corpus inmensos con minería textual. La etnohistoria crea mapas que muestran flujos, rutas, desplazamientos. La museología trabaja con gemelos digitales que resguardan objetos incluso cuando no están físicamente expuestos. Las tecnologías no sustituyen los mundos: amplían los modos de mirarlos.
Pero entrar al mundo digital requiere más que herramientas: exige interpretación. El seminario dejó claro que el INAH no puede adoptar tecnología sin desarrollar también una hermenéutica digital que permita leer los sesgos de los algoritmos, las lógicas de los motores de búsqueda, la política cultural de las interfaces. Sin hermenéutica, todo algoritmo es ciego. Y, del mismo modo, la institución requiere una heurística digital capaz de orientar la búsqueda en un universo saturado de datos, donde validar, discriminar y relacionar información es tan importante como recuperarla. Sin heurística, los archivos digitales se convierten en laberintos sin hilo.
El corazón de esta transformación está en la formación de nuevas generaciones en la ENAH, la ENCRyM y la EAHNM. Nuestro estudiantado necesita aprender a leer críticamente plataformas, a trabajar con sistemas de información geográfica, a modelar tridimensionalmente objetos y sitios, a analizar textual y visualmente grandes volúmenes de datos, a actuar con ética en el manejo de información sensible y a colaborar interdisciplinariamente con especialistas en ingeniería, datos y cómputo. Digitalizar no es escanear: es transformar la manera en que enseñamos y aprendemos, es ampliar las capacidades de la academia, es preparar a quienes heredarán la tarea de custodiar el patrimonio en un mundo cada vez más intangible.
Si algo mostró esta inauguración es que el INAH tiene frente a sí una oportunidad histórica: convertirse en referente nacional e internacional en el uso crítico de la tecnología para el estudio y la preservación del patrimonio. No se trata de seguir una moda, sino de asumir una responsabilidad. Para ello se necesitarán políticas de preservación digital, laboratorios especializados, programas académicos actualizados, redes de colaboración con instituciones nacionales y extranjeras, y estrategias de acceso digital que respeten la diversidad cultural del país.
En última instancia, el reto es humano. La tecnología no garantizará por sí misma la protección del patrimonio ni la solidez de la investigación. Solo lo hará si la acompañan la ética, la hermenéutica, la comunidad y la memoria. Y ese fue, quizá, el verdadero significado del pasado miércoles 3 de diciembre: un recordatorio de que el INAH no entra en la era digital como quien adopta una herramienta, sino como quien se reconoce heredero de una tradición intelectual que debe mantenerse viva en un mundo transformado.
Mientras exista hermenéutica, la tecnología tendrá alma. Mientras exista comunidad, el patrimonio tendrá futuro. Las humanidades y las ciencias sociales digitales no rompen nuestra misión: la continúan en un nuevo territorio. El INAH no llega tarde al siglo XXI: llega con responsabilidad histórica.