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Análisisdomingo, 12 de abril de 2026

El “wow” como síntoma cultural

Hay asombros que iluminan y hay asombros que inquietan. El nuestro pertenece a estos últimos. No es el asombro del descubrimiento, sino el del desajuste

La inteligencia artificial no nos sorprende por lo que es capaz de hacer, sino por lo que revela de nosotros. Ese es el núcleo del malestar.

Ahí radica el malestar: en esa paradoja donde sabemos más, pero entendemos menos.

Debajo, lo que se juega es otra cosa: nuestra relación con el sentido. Con la memoria. Con el tiempo. Con el otro. Con nosotros mismos.

Tal vez por eso la pregunta más urgente no sea qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué queremos hacer nosotros con ella. No en términos de eficiencia, sino de significado.

Porque al final, más allá del brillo de la pantalla, más allá de la velocidad de las respuestas, lo que permanece es una decisión silenciosa: seguir pensando…o acostumbrarnos a no hacerlo.

Y en esa decisión —frágil, cotidiana, profundamente humana— se juega algo más que la educación. Se juega nuestra manera de estar en el mundo.

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