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Análisislunes, 13 de abril de 2026

David Harvey en México

Nuestros trayectos, horarios y rutinas urbanas no son elecciones libres en sentido pleno; son formas de disciplina inscritas en el espacio. Allí se juega una de las dimensiones más sutiles del poder.

Si el capital es proceso, no puede detenerse. Está condenado a expandirse. Y esa expansión ocurre, inevitablemente, en el territorio.

Avenidas amplias para facilitar el control, desplazamiento sistemático de poblaciones pobres, reorganización del espacio para acelerar la circulación de mercancías. Modernización, sí, pero subordinada a la acumulación.

París no fue sólo una ciudad transformada: fue el laboratorio de la modernidad capitalista. Y esa lógica no ha desaparecido; se ha sofisticado.

Y en ese orden, algunos acceden a la movilidad, la velocidad y la acumulación; otros quedan fijados en la precariedad, desplazados o expulsados. La geografía del capitalismo es, en última instancia, una geografía de la desigualdad.

No se trata de negar los derechos, sino de reconocer su inscripción histórica: incluso nuestras herramientas críticas pueden operar dentro del sistema que pretenden impugnar.

Harvey no ofrece consuelo. Ofrece claridad. Y la claridad, en este caso, inquieta.

A partir de ahí, la pregunta deja de ser teórica y se vuelve ineludible: ¿dónde estamos nosotros en ese proceso? México no está fuera. Nunca lo ha estado.

Nuestras ciudades, nuestras periferias y nuestras desigualdades territoriales forman parte de esa misma lógica. El crecimiento urbano no corrige la desigualdad: la distribuye en el espacio, la fija, la convierte en paisaje.

Redibuja rutas energéticas, redefine cadenas de suministro, reposiciona territorios. Y en ese tablero, México ocupa un lugar clave: frontera, plataforma industrial, dispositivo de contención migratoria y espacio privilegiado para la relocalización productiva.

Pensar todo esto desde Harvey implica asumir una incomodidad radical: no estamos ante fenómenos aislados, sino frente a una reorganización profunda del capitalismo a escala global. Y América Latina no es espectadora. Es territorio en disputa.

Por eso la presencia de Harvey hoy en la UNAM importa. No porque traiga respuestas definitivas, sino porque vuelve imposible seguir pensando como antes.

Después de Harvey, el mundo no se vuelve más claro. Se vuelve, simplemente, más difícil de ignorar.

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