En los 10 últimos años, las congregaciones cristianas evangélicas concentraron 69 por ciento de los registros de asociaciones religiosas ante el gobierno federal, más del doble que la Iglesia Católica
Eraclio Rodríguez, dirigente del Frente Nacional de Rescate al Campo Mexicano, dijo que ante la falta de respuesta del gobierno seguirán sus manifestaciones
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Por ejemplo, vender munición de grueso calibre a los enemigos de tu vecino, que las usa para asesinar militares, policías y ciudadanía indefensa; las vendes a tu principal socio comercial, frontera física, frontera geopolítica y luego le reclamas que “hay violencia desatada”. Los negocios sin brújula, o en todo caso orientados sólo por las ganancias, tarde o temprano fracasan.
En los años recientes, es abundante la producción desde las Ciencias Sociales respecto de la deriva autoritaria que se observa en distintos sistemas políticos. Aún más, no sólo en los países en donde se práctica de forma consistente la democracia liberal (el denominado Occidente), sino también en aquellos casos en dónde el ejercicio de las libertades individuales con frecuencia provoca feroces represiones, con numerosas muertes de manifestantes y liderazgos disidentes. Está fuera de discusión, que en este segundo mandato presidencial de Donald Trump, dicha inercia demoledora del pluralismo, la tolerancia, la diversidad y sobre todo del debate argumentado, se ha precipitado.
En su premonitorio libro, El suicidio de Occidente. Cómo el resurgimiento del tribalismo, populismo, nacionalismo y las identidades políticas destruyen la democracia en Estados Unidos (2018, Crown Forum), Johan Goildberg, se adelanta para señalar lo que serán las características del inicio en el primer mandato de Trump. Apunta, por ejemplo, la sistemática fragmentación de las antiguas colectividades (ecologismo, derechos civiles, libertad sexual, entre otras) observan una clara contracción e incluso, su desmantelamiento a causa de la simplificación en la calidad del debate público y político, a causa sobre todo de las migraciones forzadas así como de los cuestionamientos científicos a propósito del calentamiento global.
La diversificación de esos dos temas, es decir, las migraciones y el cambio climático, se desdoblan en nacionalismos excluyentes, cuyo siguiente paso es, por supuesto el racismo y la xenofobia. Por el otro lado, el negacionismo sobre la destrucción del planeta por parte de la acción humana, conduce sin escalas al rechazo a las vacunas, a promover el uso intensivo (e irresponsable) de combustibles fósiles, así como la explotación sin límites de recursos naturales de todo tipo. Con el paso de unos cuantos años, esos planteamientos se han convertido en programas políticos. Ahora veamos sus perniciosos efectos sobre las prácticas cotidianas de la democracia y no sólo como una práctica cultural.
Un reciente y negativo ejemplo es el despido, el pasado día cuatro, de un tercio del equipo de directivos, articulistas y reporteros de uno de los principales periódicos en el mundo, The Washington Post, cuyos aportes al pluralismo y calidad de la argumentación están fuera de duda. Con ello se da un sustancial paso atrás en cuanto a la práctica de un debate sustentado en algo más que la animosidad, la descalificación y, por último y más riesgoso, la difusión de noticias falsas. Mucho se pierde en cuanto la polarización avanza: la intolerancia a la forma de pensar y expresarse de “los otros”, y eso les convierte en sospechosos, potenciales enemigos que por lo tanto, se hacen merecedores a la exclusión en la toma de decisiones. Carecen de dignidad, tan sólo por pensar diferente.
Señala Goldberg en el capítulo 5, titulado: La eterna batalla; razón versus la búsqueda de sentido. En ese apartado el autor profundiza en la reciclada contrastación entre la visión de largo plazo sobre la propensión a lo inmediato. Ese debate, en la actualidad, implica mayores riesgos que en otras épocas, debido a la disposición de mayores recursos por parte de quienes defienden el cortoplacismo y con ello están dispuestos a usar dinero (público y privado) y la fuerza física.
Por lo anterior, es una prioridad mantener e incluso reforzar los conductos que favorecen la libertad de expresión y, por tanto, de disensión respecto del poder público. Lo que ahora observamos en los Estados Unidos, es una tendencia que bien puede expandirse a países del Continente Americano.