Rumbo a la demolición cultural de Occidente (III)
II. Oriana y Brigitte: las dos mujeres que Europa no quiso escuchar
III. El resonante silencio europeo
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Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónOriana Fallaci lo había advertido. En el último cuarto del siglo XX comenzó a percibir alarmantes indicadores de cambio en la sociedad europea, los cuales plasmó en sus obras Entrevista con la Historia, La rabia y el orgullo y La fuerza de la razón. Fallaci se ha dado cuenta de que el radicalismo islamista hará acto de presencia en su cita postergada con la historia.
Por algo ella anunciaba el surgimiento de un nuevo ente cultural: Eurabia. La Europa postrada, sometida, secuestrada por un mundo cultural frente al que sus principios devienen antagónicos. Por algo Oriana cuestionaba al Vaticano que mostraba una total debilidad frente a sus “rivales”. Por algo criticaba a las Naciones Unidas que, con el pretexto de impulsar nuevas “agendas”, presuntamente en favor de la “tolerancia” y multiculturalidad, lo que habían terminado detonando era abrir indiscriminadamente la puerta a un mundo que, lejos de pretender integrarse, ingresó para exterminar la cultura de Occidente. Posición que hoy ha hecho suya la Unión Europea, específicamente las funcionarias que la comandan y que no han dudado en entregar y coadyuvar en la destrucción del legado occidental.
Y si hoy es en Europa prácticamente imposible cuestionar, denunciar y pretender revertir esta situación (como ocurre por ejemplo en Gran Bretaña, Francia, Alemania, Suecia y Noruega), imaginemos lo que hace décadas enfrentó Oriana al elevar su voz. El costo fue muy grande: diatriba, persecución y estigmatización. En 2002, además, se le inició un proceso judicial en París por “racismo, xenofobia, blasfemia e instigación al odio contra el Islam”. Proceso en el que se invocaron los artículos 261 y 261 Bis del Código Penal Suizo, dado que en ellos se contemplaba que un inmigrante que profesara dicha religión podría ganar todo proceso ideológico o sindical apelando al racismo religioso y a la discriminación racial. Lo único que la salvó, a pesar del rechazo y condena que expresó la extrema izquierda, fue la oposición del ministro italiano de Justicia, Roberto Castelli, que invocó a su vez los artículos 2 y 21 de la propia Constitución de Italia, que garantizaban el derecho a la libre manifestación de ideas.
En esa misma línea, la recientemente fallecida Brigitte Bardot, por décadas se dolió y cuestionó a sus propios dignatarios (comenzando con Macron al que le prohibió post mortem organizarle un homenaje y estar presente en sus exequias) con todo el ardor y la pasión de una ciudadana que veía a su Francia autodestruirse de manera galopante. La consecuencia: ella también fue procesada por tribunales franceses, al menos en seis ocasiones, por “incitación al odio racial” y “discursos discriminatorios”, contenidos en entrevistas y en escritos, como en el libro Le Carré de Pluton (1999).
Hoy Europa está silenciada porque en gran medida está tomada desde dentro. Sus propios hijos no quisieron escuchar a quienes advirtieron que su identidad estaba en peligro y menos aún han querido revertir el curso de una historia que, de seguir así, terminará por borrar todo aquello que le dio sentido y razón de ser.
¿Cuándo inició este proceso? Probablemente cuando Occidente comenzó a esforzarse por impulsar el laicismo. ¿Finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX? Y sobre todo a partir de que Marx y sus seguidores comenzaron a asumir que la religión era el “opio de los pueblos”, de ahí que el ser de “izquierda” hiciera “antitético” el profesar algún credo, en particular judeo-cristiano.
Lo paradójico es que actualmente Europa está muy lejos de ser laica: se encuentra dominada bajo un creciente proceso de imposición cultural cuya meta no sólo es la conversión de los aún nativos europeos, sino su desplazamiento y substitución por un mundo cultural totalmente opuesto.
¿Debemos preocuparnos? Todo depende: quien subestime este proceso o esté en vías de identificarse con el neoavance islámico radical, no. Pero quien crea y anhele perpetuar el legado grecorromano-judeocristiano milenario, indudablemente sí, porque en realidad una vez más Occidente está cara a cara ante ese mismo sector medioriental con el que algún día ya se confrontó. Enfrentamiento cultural cuya génesis histórica se retrotrae al siglo VII d.C., cuando el propio Mahoma inició su “guerra santa” (yihad) en pos del dominio de la península arábiga y, a partir de allí, la conquista del resto del mundo. Gesta cuya expansión en Europa impidieron primero el padre de Carlomagno en los Pirineos (s. VIII d.C.) y, siglos más tarde, las Cruzadas, mientras su germen incrustado en Iberia implicó para los hispanos sostener una guerra de reconquista de ocho siglos de duración.
Sin embargo, hoy atestiguamos que mientras Occidente olvidó su historia medieval, el afán de dominio global de quienes no pudieron domeñarlo siguió vivo. Estamos pues, ante un choque cultural en el que revive el añejo y ahora radical objetivo final: el control político estructural de un Occidente que no supo defender su libertad. (Continuará)