Rumbo a la demolición cultural de Occidente (II)
No hace falta quemar libros para destruir una cultura.
Basta con conseguir que la gente deje de leerlos.
Ray Bradbury
I. El “fenómeno” Bad Bunny
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Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónAlguien me podrá preguntar ¿cómo es posible que se pueda equiparar a Bad Bunny con la demolición cultural de Occidente? Mi respuesta es: porque si un “fenómeno” representa de manera apical, brutal y contundente, el colapso de Occidente, es justamente él.
En lo personal, inicio señalando que no puedo “valorarlo” como compositor, ni como intérprete de una obra musical, mucho menos literaria. Su producción “artística” es sólo una manifestación de la profunda decadencia cultural en la que estamos inmersos.
De antemano sé que muchos podrán escandalizarse y, por qué no, hasta horrorizarse de mi postura, pero también sé de muchos más que coincidirán. ¿Importa la cantidad de unos y otros? Sí y no. El arte es arte sólo para aquél que así lo conciba y, en lo personal, para mí lo que representa este “fenómeno” es el antiarte en el que me formé y, sobre todo, en el que creo, y como yo, centenares y miles de millones más. Así lo creo porque en este “fenómeno” no considero que haya música ni mucho menos literatura en el sentido del arte como producto de una evolución progresiva que pretende ser cada vez más profunda y, sobre todo, superior, si cabe el término, a lo que le ha antecedido.
Y cuando me refiero a ella, lo hago evocando a esa tradición musical de arte por la que concibo que Bach buscó superar a Palestrina; Facco a Corelli; los clásicos a los barrocos; Schubert, Mendelssohn, Schumann y Wagner a Beethoven; Brahms a Schumann; Verdi a Donizetti, Bellini y Rossini, Puccini y Mascagni a Verdi, Wagner a Liszt; Mahler a Brahms y Bruckner; Satie, Debussy, Fauré, Ravel y Stravinsky a Wagner; Rachmáninof a Tchaikovsky; Schöenberg y todos los compositores de los siglos XX y XXI, a los que les habían precedido. Ahora bien, aún y cuando hablo de “gigantes” del arte musical, cuando alguien sólo emplea un pseudo ritmo obstinado e hipnótico, sin melodía ni armonía, no sólo no encuentra lugar en este contexto artístico: hace añicos los elementos que dan estructura y sentido a lo que concebimos como música de arte y, por tanto, al autoexcluirse de dicho espacio artístico, termina por atravesar un umbral ontológico.
En pocas palabras, quien abandona la región estructurada del logos sonoro secular, se precipita en el espacio de la dispersión en la que impera una especie de intemperie rítmica que “reina” sobre una “llanura” carente de sentido melódico y de horizonte armónico, mientras su patrón rítmico repetitivo, lejos de progresar en el sentido de la música de arte tradicional, termina girando sobre sí mismo, en un loop interminable, patológico —de la mente y el cuerpo—, que se erige en un mecanismo sin sentido ni finalidad. Su resultado: un desplazamiento conceptual y estético que conlleva el migrar hacia un territorio preformal que se retrotrae milenios atrás, regresando a tiempos en los que tal vez ni siquiera los “homo sapiens” prehistóricos se ubicaron.
¿Esto es evolución cultural? Sin duda, pero en un sentido inverso, porque si la música de arte puede ser concebida como la culminación de la arquitectura que se transformó desde las grutas del paleolítico en las catedrales góticas, la manifestación cultural que ofrece el “fenómeno” aludido es equivalente al tránsito desde una de las cimas arquitectónicas más logradas hasta su precipitación material en un mero cascajo. De ahí que no tenga sentido ni mucho menos sea posible intentar siquiera un análisis musical de algo que carece de lo más elemental por cuanto a lo que representa en el contexto de la música de arte.
Por lo que respecta a su contenido literario, si bien de igual forma no se trata de una obra literaria de arte en el sentido tradicional como producto de una estructuración igualmente milenaria, es aquí donde radica el punto más grave del “fenómeno”: su inflexión “cultural” que enciende un foco rojo frente a nuestro futuro inmediato. Por un lado, al ser este “fenómeno” un ejemplo acabado, prístino, de la contracultura occidental al ser cada texto de sus “canciones” prueba plena de la corrupción sintáctica, semántica, gramatical y lingüística del idioma español. Por el otro, lo más grave y preocupante: cada verso es invitación a la degradación moral y apología del delito, en especial de la sodomización flagrante de la mujer. Y si quedara duda, baste con ver sus “representaciones” escénicas para confirmar lo indubitable del sentido de su mensaje.
¿Esto es lo que la humanidad quiere inculcar en la niñez? ¿Esto es lo que la sublima? Si es así, todo está dicho. No habría más que decir ante las neo Sodoma y Gomorra revividas por esta nueva globalización “cultural”.
Solo agregaría: no olvidemos que, paradójicamente, este “fenómeno” está lejos de ser un “artista” disruptivo y contestatario que confronta al imperialismo o al Vaticano. Se trata del más acabado ejemplo de un producto impulsado por el ala radical del populismo sudamericano que ha aprovechado, de principio a fin, los más sofisticados mecanismos del capitalismo neoliberal del siglo XXI, como lo vimos en el Super Bowl. (Continuará)