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Cuando se nos hace tarde, tenemos la mala costumbre de querer “resolver” las situaciones haciendo todo a prisa. Se nos hace tarde debido a que no controlamos las condiciones de nuestro entorno, pero también porque malgastamos nuestro tiempo. El reloj marca incesantemente la marcha de los incansables segundos, y aunque un segundo es poco (aunque hay casos en los que lo poco es mucho), cuando se acumulan se tornan pesados. La eternidad no es más que un segundo que nunca encontró su final.
Se nos hace tarde y empezamos a correr, vamos de aquí para allá, movemos cosas, sacamos y guardamos las pertenencias que tenemos que llevar con nosotros, cocinamos a prisa y levantamos la voz suponiendo que eso intimidará al reloj para que disminuya su ritmo, pero el segundero no se detiene, ni siquiera aminora su paso ni un poco, sino que sigue adelante, y conforme más avanza, más grande se hace nuestra angustia porque llegaremos tarde.
De alguna manera, nos parecemos al veloz conejo retratado en la novela de Alicia en el país de las maravillas, el cual va de un lado a otro, sobresaltado, y con la mirada clavada en su reloj de bolsillo. Como el conejo, nosotros también brincamos, nos sobresaltamos, nos alteramos y vamos a toda velocidad de un lado a otro, pero sin saber realmente hacia donde nos dirigimos. La vida contemporánea no es más que un infinito círculo de repeticiones en el que nada fructifica, pero eso sí, nos sentimos personas productivas a pesar de no producir nada importante.
La sociedad contemporánea tiene prisa y quiere hacer todo en el menor tiempo posible, ¿para qué?, sencillamente para después hacer algo más y algo más y algo más, porque hoy uno de los más graves pecados es perder el tiempo, aunque en realidad siempre lo perdemos, y esto es porque somos incapaces de ponerle un alto a nuestros vicios. Pasar de una actividad a otra, siempre, todos los días, aunque no consigamos con ello nada trascendente. Sentirnos ocupados nos da la sensación de ser personas “exitosas”, ¿pero qué es el éxito en este sentido?, pues tal pareciera que hoy en día llamamos éxito a todo aquello que nos pide tiempo, pero sin que nos dé nada a cambio.
Las escuelas, las oficinas, las fábricas, las iglesias y demás espacios sociales no son más que simulaciones en las que sus miembros fingen productividad. Quizás el único espacio en el que el tiempo debe ser respetado sea el campo, pues éste, al ser natural, está alineado a las directrices de los astros y es en conjunto con éstos que nos da muestras de su fertilidad y de su sequía. El campo no espera, pero la ciudad sí, la ciudad se paraliza y con su inmovilidad nos detiene a nosotros también, irónicamente nuestra inmovilidad se expresa en ir siempre de una actividad a otra, pero sin llegar a nada concreto.
Somos la sociedad de la inmediatez, de la desesperación, la que busca que todo se haga rápido y en este momento. La paciencia no forma parte de nuestras convicciones, ni tampoco de nuestros ideales, y por ello es que no sabemos esperar, como tampoco hacer las cosas detenida, lenta, ni calmadamente. Atrás quedaron esos días en los que había tiempo para contemplar el cielo, el invisible aire y los luceros de la bóveda celeste. Hoy no hay más que comida instantánea, respuestas inmediatas y mercancías al por mayor con las que buscamos llenar una existencia vacía que se precipita en el abismo de la insignificancia. ¿Hay algo que hacer al respecto? El escritor Adam Tusco, en su obra Cómo dejar de pensar demasiado, nos dice:
«Los romanos daban una importancia extraordinaria al ocio. Había un tiempo para uno mismo y otro para dedicar a los asuntos públicos, pues solo quienes dedicaban tiempo a cultivar la sabiduría podían vivir mejor. Sin embargo, la ociosidad ha asumido un significado negativo. Actualmente, solamente nos dividimos entre el trabajo y el descanso, ya no hay tiempo para nosotros. Todo está marcado por el reloj, todo se vuelve frenético y por eso nunca hay tiempo para no hacer nada. Nuestra atención es captada por una red invisible, siempre estamos frente a un dispositivo sin considerar la opción de apagarlo para quedarnos unos minutos sin hacer nada. La lentitud es sinónimo de aburrimiento y por eso nos inventamos algo para no quedarnos con nuestros pensamientos. La lentitud nos invita a estudiar, a pensar y a observar la vida con un aspecto diferente al de la loca carrera cotidiana. El hombre moderno corre y si uno lo detiene no puede entender cuál es su verdadera dirección, un poco como un hámster que sigue corriendo en la rueda, hasta que se siente cansado y luego se da cuenta de que siempre le falta algo. El “aburrimiento” se ve como algo de lo que alejarse, cuando en realidad nos puede enriquecer de ocio, espacio y tiempo para nosotros. Estamos alejados de la importancia de la lentitud. La modernidad nos pide perseguir lo que deseamos, para luego darnos cuenta de que poseer eso no es suficiente para ser felices. El tiempo es difícil de vivir así que pasamos nuestras vidas persiguiéndolo. La dictadura del tiempo no funciona, la única enseñanza que nos da es la de perseguir siempre algo, que al final no nos satisface. Pero tenemos derecho a un tiempo sin tiempo. La lentitud es una verdadera necesidad. Hemos alterado el ritmo de nuestros pensamientos llegando a no reconocernos más. Es necesario volver al ocio antiguo para encontrar una nueva sabiduría.»
Uno de los libros sapienciales de la antigüedad nos dice que hay un tiempo para todo. Hay un tiempo para nacer y otro para morir; hay uno para plantar y otro para cosechar; hay un tiempo para llorar y otro para reír. Y de la misma manera debe haber un tiempo para nosotros, pues si entregamos toda nuestra energía al mundo caótico que nos rodea, más pronto que tarde descubriremos que gastamos vanamente nuestra existencia como hámsters corriendo en la rueda.