El PRI agoniza, su esencia no…
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónHablar del Partido Revolucionario Institucional (PRI) es evocar un monstruo que construyó al México que hoy conocemos, eso sí, a un muy alto costo. Sin embargo resulta innegable decir que fue el arquitecto silente de nuestras instituciones, de los pactos tácitos y de la gobernabilidad bajo el escudo de su disciplina. Fue un partido que supo capear guerras internas y derrotas políticas, que migró del poder militar al poder civil, que mantuvo su brazo firme y su aparato palaciego como garantía de estabilidad. Pero ese legado no fue gratis: se cimentó sobre desigualdad, corrupción y pobreza, sobre mecanismos que privilegiaron élites y sofocaron disidencias. Hoy ese gigante agoniza, incapaz ya de renovarse, despojado de su fuerza territorial, socavado por liderazgos grisáceos y escándalo repetitivos, ellos lo saben, saben que se enfrentan a la extinción, solo les resta decidir cuál será su última batalla.
En sus orígenes, el PRI representó la solución a la violencia y al caos posrevolucionario. Dio forma a un sistema político que, con todos sus defectos, permitió estabilidad durante buena parte del siglo XX. Fue el partido que integró cacicazgos, resolvió problemas y construyó instituciones que para bien o para mal, siguen sosteniendo nuestra vida pública. Es difícil de hecho no pensar en México sin el PRI, no se puede negar que sin el Revolucionario Institucional, consolidar un Estado moderno en nuestro país hubiera sido quizá más complejo. No obstante, lo que en su momento fue un pacto de unidad nacional, terminó convirtiéndose en una maquinaria de poder para perpetuar élites, comprar lealtades y sofocar voces críticas, a un costo altísimo para el desarrollo de nuestra nación.
La última gran coronación del PRI fue en 2012 con Enrique Peña Nieto. Aquel triunfo parecía el regreso triunfal de un partido capaz de reinventarse. Entonces gobernaba 18 estados, incluyendo bastiones históricos como el Estado de México, Veracruz, Hidalgo, Oaxaca, Tamaulipas y Chihuahua. Además, contaba con 213 diputados federales y 52 senadores bajo su coalición. Era todavía un actor con músculo territorial y legislativo. Pero a poco más de una década de ese momento, el contraste es brutal. En 2025, el PRI apenas conserva 2 gubernaturas: Coahuila y Durango, ha caído a 36 diputados federales y cuenta con solo 13 senadores. Pasó de ser el partido hegemónico de México a convertirse en una fuerza testimonial, irrelevante en el tablero político.
La disciplina interna que alguna vez fue su sello se transformó en un lastre. Lo que antes significaba orden, institucionalidad y cuadros jóvenes renovando la cara del partido cada seis años, hoy se resume en clientelismo barato, en silencios cómplices y en liderazgos que solo buscan su beneficio personal. Alejandro Moreno Cárdenas mejor conocido como “Alito”, ha sido el sepulturero del tricolor. Carente de credibilidad, convirtió la dirigencia en un feudo personal, dispuesto a sacrificar los últimos restos de prestigio del partido con tal de mantenerse en el poder. Bajo su mandato, figuras relevantes como Beatriz Paredes, Miguel Ángel Osorio Chong, Claudia Ruiz Massieu y Enrique de la Madrid, entre muchísimos otros más, dieron un paso al costado, ahogados por la cerrazón de una dirigencia incapaz de escuchar y mucho menos de rectificar.
La obsesión de Alito por prolongar su permanencia ha cobrado un precio altísimo. Para él no importa cuántas derrotas acumule el PRI en las urnas mientras él y su círculo cercano sigan cobrando, mientras su estructura le garantice un asiento en la mesa de las negociaciones federales. A fuerza de resistirse a dejar el poder, ha terminado por vaciar de contenido al partido, convirtiéndolo en una caricatura de lo que alguna vez fue. No sorprende que, en buena medida, el fracaso estrepitoso de la oposición en las elecciones del año pasado se deba a un PRI que antes que generar confianza, empujó a una parte del electorado a darle un cheque en blanco a Morena.
De hecho, para quienes sueñan con un cambio de rumbo en México con la salida de Morena del poder, hay una verdad incómoda: primero se necesita una oposición fuerte y creíble que logre despertar el coraje ciudadano frente a las promesas incumplidas y los resultados mediocres del obradorato. Pero mientras el PRI siga siendo parte de ese abanico de opciones en la oposición, el oficialismo no tiene de qué preocuparse. Morena no se enfrenta a un adversario digno, sino a un cadáver político que aún ocupa un espacio en las boletas.
Y sin embargo, conviene hacerse la pregunta: ¿de verdad el PRI está muriendo? El cascarón, sí, el registro como partido tarde o temprano se perderá finalmente. Pero la esencia del PRI no ha desaparecido, de hecho vive y se multiplica dentro de Morena. Vive en la compra de lealtades, en los acarreos masivos al Zócalo, en el culto a la personalidad del líder supremo, en el silenciamiento de las voces críticas, en la manipulación de los programas sociales como herramienta de control electoral. Vive en el encubrimiento de los escándalos internos y en la construcción de una burocracia política cuyo fin es perpetuar a sus caudillos.
No es casualidad que buena parte de quienes hoy conforman a Morena provienen del PRI. Ricardo Monreal, Alejandro Armenta, Alfonso Durazo, Layda Sansores, Manuel Bartlett, Alejandro Murat, Eruviel Avila, Nacho Mier, Claudia Pavlovich, Omar Fayad, entre tantísimos otros, son testimonios vivientes de la migración masiva del priismo a la 4T. Morena es en esencia, el nuevo PRI, con otro nombre y con un caudillo distinto; Andrés Manuel López Obrador, que alguna vez faltaba más, también militó en las filas del tricolor.
El PRI, como institución formal, atraviesa sus últimos momentos. Le falta decidir en qué elección será enterrado y bajo qué epitafio. Pero la esencia del priismo sigue entre nosotros, disfrazada de regeneración nacional. Por eso la verdadera pregunta no es cuándo morirá el PRI, sino si en realidad alguna vez lo hará. Porque aunque el cuerpo esté agonizando, su espíritu —ese que controla, calla y compra— está más vivo que nunca en el partido que hoy nos gobierna.