El paralítico de la puerta hermosa
-Esta tarde, en nuestra conferencia, voy a tratar con ustedes el tema de la oración –dijo el predicador acomodándose las gafas, que saltaban como caballos sin freno a lo largo de su nariz-.
Tal es el motivo por el que muchos han dejado ya de orar. “¿Para qué seguir clamando –se preguntan- a un Dios que no nos oye?”. El cielo les parece vacío; y, el Señor, indiferente…
Y, para comenzar, ¿les parece bien que leamos juntos un texto tomado del libro de los Hechos de los Apóstoles? Bien, helo aquí –el predicador volvió a acomodarse las gafas, que amenazaban con despeñarse desde la punta de su nariz, y leyó en voz alta-:
“-Míranos.
“Él los observaba contando con recibir algo de ellos. Pero Pedro le dijo:
“-Plata y oro no tengo, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar.
Tú pides, por ejemplo, trabajo, y él te da su protección porque estabas en peligro; le pides pan y él te da su Espíritu; le pides salud y él te da fuerza…
El predicador sonrió a su auditorio y quedó en silencio durante algunos minutos. Y los que lo escuchábamos aquella noche también sonreíamos, como si, por fin, hubiéramos comprendido algo que nos angustiaba…











