El paralítico de la puerta hermosa
-Esta tarde, en nuestra conferencia, voy a tratar con ustedes el tema de la oración –dijo el predicador acomodándose las gafas, que saltaban como caballos sin freno a lo largo de su nariz-.
Quién no ha experimentado alguna vez la necesidad de orar? ¿Y quién no ha quedado muchas veces, después de haber orado, con la sensación de que sus palabras han caído en el vacío? Pedimos pan, y no es que recibamos en respuesta un escorpión: es que, en ocasiones, pareciera que no recibimos ni siquiera eso.
Tal es el motivo por el que muchos han dejado ya de orar. “¿Para qué seguir clamando –se preguntan- a un Dios que no nos oye?”. El cielo les parece vacío; y, el Señor, indiferente…
De ahí la necesidad, hermanos míos, de hablar de este tema que sé que interesa no sólo a ustedes, los que abarrotan este salón, sino a los miles de hombres y mujeres en el mundo que se formulan en el secreto de sus conciencias la misma pregunta que ustedes: “Orar, ¿sigue valiendo la pena?”.
Y, para comenzar, ¿les parece bien que leamos juntos un texto tomado del libro de los Hechos de los Apóstoles? Bien, helo aquí –el predicador volvió a acomodarse las gafas, que amenazaban con despeñarse desde la punta de su nariz, y leyó en voz alta-:
“Pedro y Juan subían al templo para la oración de media tarde. Un hombre lisiado de nacimiento solía ser transportado diariamente y colocado a la puerta del templo llamada ‘La Hermosa’, para que pidiese limosna a los que entraban en el templo. Al ver a Pedro y Juan, les pidió limosna. Pedro, acompañado de Juan, lo miró fijamente y le dijo:
“-Míranos.
“Él los observaba contando con recibir algo de ellos. Pero Pedro le dijo:
“-Plata y oro no tengo, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar.
Todos los días, el paralítico de la puerta Hermosa era llevado al templo para que a la entrada, moviendo a compasión a la gente que por ella entraba o salía, le dieran un poco de dinero por amor de Dios. Pero esta vez lo que el enfermo recibe no es precisamente unas monedas, sino la salud.
¿Qué sentiría éste cuando Pedro le dijo: “Plata y oro no tengo”? ¡Ah! Seguramente se desanimó, ya que lo que él pedía era precisamente esto: oro, plata, o ya por lo menos cobre. “Plata y oro no tengo, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo el Nazareno, echa a andar”.
Tú pides, por ejemplo, trabajo, y él te da su protección porque estabas en peligro; le pides pan y él te da su Espíritu; le pides salud y él te da fuerza…
Igual sucede con nuestros padres terrenos: les pedimos una mochila, pero ellos saben que lo que más necesitamos en este momento no es una mochila, sino un pantalón, y entonces nos lo compran; pero como no era un pantalón lo que pedíamos, decimos, desanimados: “Mis papás no me quieren. ¡Nunca me compran nada!”.
El predicador sonrió a su auditorio y quedó en silencio durante algunos minutos. Y los que lo escuchábamos aquella noche también sonreíamos, como si, por fin, hubiéramos comprendido algo que nos angustiaba…
















