La sabiduría de los proverbios
Yo le decía:
-Cuidado, Israel. Sobre todo, ten mucho cuidado.
Él, entonces, movía la cabeza y se limitaba a preguntarme:
-¿Cómo crees? Es solamente una amiga. Además, es muy simpática. ¿Te das cuenta de cómo le cae en gracia todo lo que digo, sandeces y tonterías incluidas?
-Cuidado, Israel. Sobre todo, ten mucho cuidado.
Pero él, en esta ocasión, ya no me preguntó nada; no me dijo, como en otro tiempo: “¿Cómo crees?”. Ahora se ponía a la defensiva:
-Sí, ya sé que te molesta verla aquí. Pero por lo menos ella viene a verme jugar. ¡En cambio mi mujer!... ¿Sabes a lo que se dedica los sábados por la mañana? Te lo diré: se dedica a dormir.
Yo, alarmado, le volví a decir:
-Yo no sé si con quien hablabas hace un momento era tu mujer o no, pero espero de todo corazón que lo fuera. ¡Israel, ten cuidado con el corazón! No te permitas a ti mismo enamorarte de otra que no sea tu esposa.
-¡Qué milagro! –le dije; pero no era una pregunta, no: era más bien un reproche.
-Lo mismo digo yo. ¡Qué milagro! ¿Dónde te habías metido que no te dejabas encontrar? –respondió él.
-Yo he estado donde siempre. ¿Y tú?
-He andado por ahí –dijo.
-Así respondió el diablo a Dios en el libro de Job: “Andaba por ahí, dándole la vuelta al mundo”. ¿No has leído el libro de Job?
Israel sonrió. Pero no era su sonrisa de siempre. Ahora era una sonrisa tímida, afectada, nerviosa, crispada. Luego se puso serio, espantosamente serio.
-¿Te has enamorado de ella, verdad?
-Y tú –respondió él-, ¿podrías dejar de meterte en mi vida? ¡Ya no soy un niño, y además sé lo que hago!
-De acuerdo –dije-. Pero no te olvides de que tienes una esposa y tres hijas y que…
-¿Podrías callarte de una maldita vez?
-De acuerdo, me callo ya.
Y desde entonces sigo callado. No he vuelto a hablar con Israel. No sé qué es de su vida, y mucho menos si algún día, alguna vez, volveremos a ser los amigos que fuimos.
















