Hay que reconocer que es ésta una buena pregunta. En efecto, los magos no habría visto la estrella, ni nada, de no haberse tomado el tiempo para mirar hacia arriba en extática contemplación.
-¡Ah, si tiene usted que ir –piensa la gente-, entonces vaya usted…
Ante la próxima evaluación sobre el desempeño de las y los integrantes de la LXIV Legislatura, el diputado dijo “cuando la oposición se queda sin votos, empiezan a hacer asociaciones civiles fantasmas”
A inicios de febrero, algunas farmacias comenzaron a reportar escasez de medicamentos para tratar enfermedades respiratorias, principalmente de oseltamivir, recetado para los síntomas de influenza
Los operativos se realizaron en empresas del sector automotriz, rellenos sanitarios, centros de confinamiento y sitios detectados como tiraderos clandestinos
Los interesados en formar parte de las fuerzas castrenses, podrán acudir a las instalaciones del 40° Batallón de Infantería ubicado en Calzada de Guadalupe así como al 40° Batallón de la Guardia Nacional
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El rey Herodes, ante la visita de los Magos, no se siente muy contento. El evangelio nos lo presenta, más bien, sobresaltado (Mateo 2, 3): tembloroso, dice otra traducción. Es que los Magos, mostrándose bien poco diplomáticos, le preguntan: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Vimos aparecer su estrella y hemos venido a adorarlo” (Mateo 2, 2). Y digo que se mostraron bien poco diplomáticos porque el rey, si uno se lo piensa bien, era él, es decir, Herodes. ¿Qué no le veían la corona en la cabeza?
Pero Herodes, en cambio… ¡Él sí que era un diplomático redomado! Pues aunque la visita de los forasteros lo desasosiega y lo inquieta, finge tranquilidad de ánimo y les dice con hipocresía: “Averigüen con precisión lo referente al niño y, cuando lo encuentren, avísenme, para que yo también vaya a adorarlo”. (Mateo 2, 8). Si hubiera una escuela para formación de políticos ladinos, de inmediato tendría que contratar a Herodes y hacerlo su decano. ¡Qué bien finge! ¡Con qué perfección practica el arte del disimulo!
Ahora bien, ¿sabían los Magos que el recién nacido era nada menos que el Hijo de Dios? Nunca lo sabremos, aunque yo me inclino a pensar –pero se trata de una opinión meramente personal- que no. Creían, sí, que se trataba de un personaje importante: de un rey, como ellos dicen. Pero es que los orientales eran –ignoro si aún lo sean- muy propensos a divinizar a los gobernantes. Tanto los faraones en Egipto como los emperadores en China y Japón, eran tenidos por divinos, y se les honraba si no como a dioses, sí al menos como a hijos de dioses y parientes del sol. Mas no vayamos tan lejos: esa atracción por el poder sigue turbándonos todavía un poco, y no falta quien, al ver en persona a un gobernador o a un presidente, se le acerca para saludarlo y sobarlo, como si el poder se transmitiera por ósmosis o de alguna otra manera: acaso por contagio; y quien no se le acerca para saludarlo o sobarlo –como se le soba la panza al Buda-, los ve desde la distancia con inquietud y estupor. Sólo Israel, en Oriente, desacralizó a los monarcas y los puso al nivel de los demás mortales. Allí está, por ejemplo, el profeta Ezequiel, que dijo sin miedo al rey de Tiro: “Tú eres un hombre y no un dios” (Ezequiel 28, 2). Los Magos, pues, andan en búsqueda del rey que acaban de nacer y, como buenos orientales que son, quieren rendirle pleitesía y adoración…
¡Ah, cuántas cosas podríamos decir acerca de este pasaje evangélico! Podríamos discurrir, por ejemplo, acerca del número de los magos –si eran tres o eran más-; sobre sus respectivas cabalgaduras –si eran caballos, camellos o elefantes-; sobre el color de su piel –si uno era blanco, otro negro y el último amarillo-; podríamos, también, discutir sobre la estrella y preguntarnos –como lo hizo alguien- si no sería por casualidad el cometa Halley que se dejó ver por ahí. Mas no lo haremos, sin embargo, porque aquí no se trata de astronomía, sino de teología. Y ni siquiera discurriremos teológicamente. De mayor provecho para nuestra alma será abordar este pasaje desde una perspectiva más humilde, pero también más humana. En otras palabras, querría hoy traer a cuento lo que el gran filósofo, teólogo y sociólogo belga Jacques Leclercq (1891-1971) afirmó en el año de 1936. Este sabio varón, que escribió más libros que cabellos tengo yo en la cabeza, dijo así en ocasión de un discurso cuyo atractivo título era Elogio de le la pereza (lo pronunció, para ser exactos, el 17 de noviembre de 1936, al ser admitido a la Libre Académie de Belgique): “Y los magos –preguntó a su auditorio en aquella ocasión-, ¿creéis que habrían visto la estrella si no se hubieran quedado a veces en la azotea de su casa mirando al cielo?”.
Y sigue diciendo el padre Leclercq en su discurso: “Nuestro siglo se ufana de ser el de la vida intensa, y esa vida intensa no es sino una vida agitada, porque el signo de nuestro siglo es la carrera, y los más bellos descubrimientos de que se enorgullece no son descubrimientos de sabiduría, sino de velocidad. Pero nuestra vida no es propiamente humana más que si en ella hay lentitud, sin que esto quiera decir que haya de ser del todo ociosa; también puede hacerse un elogio del trabajo, pero el trabajo, el esfuerzo, han de partir de un reposo y desembocar en un reposo. Las grandes obras y los grandes gozos no se saborean corriendo.
Y, para terminar, confiesa un poco más adelante: “Por mi parte, y eso que creo que superado los prejuicios, cuando voy a comer a casa de un amigo, si por el camino alguien me pregunta en un tono que adivino reprobatorio: “¿Con que va usted a comer fuera de casa?”, me siento obligado contra la sospecha de dejarme llevar por el simple encanto de la amistad y adopto un aire grave para contestar: “Sí, tengo que ver a unos señores”. El interlocutor comprende entonces que no se trata de un simple gusto”.
Alguien ha dicho, y con no poca razón, que lo peligroso de la bala no es el plomo de que está hecha, sino la velocidad a la que viaja. Es la velocidad la que mata, no el metal. Pero hoy los Magos nos enseñan dos cosas: a tomarnos tiempo para mirar el cielo, es decir, a contemplar la vida sin prisas y con tranquilidad y a ejercitarnos en el arte de la genuflexión: “Y, postrándose, lo adoraron”, dice el texto evangélico (Mateo 2, 11).
Contemplar y adorar: dos actividades que, hablando francamente, no se llevan con la prisa. ¿Y si viviéramos este año con mayor sosiego? ¿Y si camináramos por la vida con mayor lentitud? ¿Si nos tomáramos las cosas con más calma? Esto no estaría del todo mal. Entonces disminuirían los ataques de nervios y, por supuesto, también los infartos.