Análisisdomingo, 14 de diciembre de 2025
Opinión / Notas evangélicas, 5
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Jesús atraviesa la región de los gerasenos y de pronto aparece frente a él un endemoniado que habita entre los sepulcros. “Ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían ya sujetado con grilletes y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los grilletes…” (Cf. Marcos 5, 1-20). El espectáculo es aterrador. Pero Jesús dice una palabra y el hombre es liberado de los demonios que lo atormentaban. Ahora bien, ¿agradecieron los gerasenos el prodigio? No, sino que rogaron a Jesús encarecidamente “que se marchara de su país”. Claro, se habían ido al fondo del acantilado unos 2 000 cerdos y aquello no les hacía maldita la gracia. Prefirieron los cerdos a tener entre ellos a Jesús. Pero no nos engañemos: muchos, hoy, obran de igual manera: mientras Jesús no toca sus intereses, ¡bienvenido sea! Pero apenas les pide algo de lo suyo –o les exige un pequeño sacrificio-, le dan la espalda y le piden que se vaya. Así es. Y creo que, por desgracia, así será hasta el fin de los siglos.
Dios ama lo secreto, lo discreto. ¡Cómo son repugnantes esos actos de piedad que necesitan la luz de un reflector o el ojo de una cámara! A menudo los diarios publican fotografías que muestran a la señora X o al señor Y entregando juguetes o comida a los niños de la calle. Y los lectores aplaudimos el gesto, diciendo: “¡Qué gobernantes tan preocupados por los demás y tan caritativos tenemos!”. Pues bien, ante Dios esos donativos no valen nada, porque son hechos para captarse la benevolencia ajena, para ganar adeptos, y los que los realizan ya obtuvieron su recompensa. “Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha” (Mateo 6, 3). Cuando demos algo, o hagamos un favor, no esperemos siquiera que nos den las gracias, porque su agradecimiento podría ser ya una forma de pagarnos… ¿Que los otros deben ser agradecidos? Sí, sin duda, pero no seremos nosotros quienes se lo exijamos.
El famoso obispo auxiliar de Nueva York Fulton J. Sheen (1895-1979) hizo una vez, en uno de sus libros, la siguiente constatación: todos los discípulos de Jesús (exceptuando a Judas, claro está) sufrieron el martirio en algún lugar del mundo. El único que no murió mártir fue san Juan evangelista. Ahora bien, estos que murieron mártires no estuvieron con Jesús en su pasión, pues cobardemente habían corrido a esconderse, llenos de miedo. En cambio san Juan, que no conoció el martirio, sí estuvo con el Señor al pie de la cruz: de hecho, de entre los discípulos, fue el único en hacerse presente allí. Este hecho, para el obispo Sheen, significa lo siguiente: que para Juan ya no era necesario el martirio, pues en su espíritu lo había padecido ya mientras veía agonizar a su Maestro; en cambio los otros, que no sufrieron con él, era necesario que sufrieran después. En ambos casos se ha cargado la cruz. En el primero, estando con Cristo mientras agoniza; en el segundo, derramando su sangre por él. Lo que no se puede de ninguna manera, si se quiere ser cristiano, es dejar de cargar la cruz.
Tal vez nunca comprenderemos del todo la revolución que originó Jesús en las costumbres de su tiempo. Antes de él, las mujeres eran vistas como seres de segunda clase. Él fue el primer maestro en Israel que se puso a platicar con ellas (piénsese, por ejemplo, en la samaritana), y el primero también en permitir que se sentaran a sus pies como discípulas (allí está María, la hermana de Marta y Lázaro). ¡Y hay quien se atreve a decir que Jesús, por no haber instituido sacerdotisas, fue un misógino! ¡Pero si fue Jesús quien les devolvió a las mujeres la dignidad perdida! Cualquier otro maestro, al ver de lejos a un recaudador de impuestos, habría escupido al suelo en señal de desprecio. Jesús, en cambio, se acerca a estos “pecadores” y hasta los invita a ser sus discípulos. ¿Qué quiere decir esto? Que nadie está excluido del trato con Jesús, salvo el que quiere excluirse, y que cualquiera que levante las manos al cielo y se acerque a él, tendrá siempre la oportunidad de volver a empezar, de nacer de nuevo. Este es el nuevo nacimiento del que una noche habló Jesús a Nicodemo.
Jesús no acepta convertir las piedras en pan: no quiere utilizar su poder sólo en beneficio de sí mismo; en cambio, multiplicará los panes y los peces cuando la ocasión lo amerite. Tratándose de los demás, el Señor no vacilará un momento en realizar el prodigio que sea o que le pidan. Tampoco acepta tentar al Padre arrojándose desde lo alto del templo. El diablo le dice: “Anda, arrójate. Al final y al cabo está escrito que a ti no puede pasarte nada”. ¿Que no va a pasarle nada? ¡Claro que va a pasarle: va a sufrir, va a ser escarnecido y crucificado! Pero eso no significa que el Padre no lo ame. ¡Pobre de aquel que, ante el sufrimiento, llega a dudar del amor y la misericordia de su Dios! Tampoco acepta los reinos de la tierra que el tentador le ofrece. Su reino no es de este mundo. “Los reinos de la tierra, que Satán puso en su momento ante el Señor se han ido desmoronando todos… Pero la gloria de Cristo, la gloria humilde y dispuesta al sufrimiento, no ha desaparecido ni desaparecerá” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).
Hace algunos años conocí a un hombre inmensamente rico: poseía cuentas de banco aquí e inversiones allá; dos edificios aquí y varios complejos habitaciones allá. Pero, mientras moría, ¡qué sufrimiento experimentaba por tener que dejarlo todo! “¿Cómo me puedo ir? ¡Mi vida está aquí, no en otro lugar! ¿Y todo lo que hice y construí deberé dejarlo? ¡Eso no es justo, no es justo!” Por eso dijo Jesús: “Hijitos, ¡qué difícil es que un rico entre en el Reino de los Cielos!” (Marcos 10, 24). Sí, dichosos los pobres, porque a ellos nada los retiene en este mundo que tan mal los ha tratado.