Análisismiércoles, 24 de diciembre de 2025
Opinión / Notas evangélicas, 6
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“Esta gente pide una señal del cielo” (Mateo 16, 4). La señal que piden les será dada, sí, pero no ahora, sino el domingo de pascua, cuando él salga victorioso del seno de la tierra, como Jonás salió vivo del vientre del cetáceo. Pero sus enemigos ni siquiera esta señal tomarán en serio; antes bien, en vez de caer de rodillas cuando esto suceda, dirán a los guardias que custodiaban el sepulcro: “Les daremos mucho dinero si dicen que de noche, cuando ustedes dormían, vinieron los discípulos y se robaron el cuerpo” (Mateo 28, 13). El que no quiere creer, no va a creer ni aunque resucite un muerto, dijo Jesús en una ocasión, cuando contó la parábola de Lázaro, el mendigo (Lucas 16, 19-31). Jesús es ese pobre que ha venido del mundo de los muertos para prevenir a sus hermanos, de manera que no vayan a dar al lugar de castigo. Pero ellos no han creído. No han querido creer ni siquiera ante el espectáculo de un muerto resucitado.
“Pues así os digo a vosotros: ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?” (Mateo 7, 7-12). Una vez escuché a un predicador que comentaba así este bellísimo pasaje evangélico: “¿Ya lo ven? ¡Ustedes son malos, y bien malos que son! Lo dice Jesús, y él no puede mentir. ¡Ustedes, pues, son malos!”. Y de ahí el pobre no salía. ¡Mala manera de aprovechar la limitada atención que nuestros oyentes suelen dispensarnos en tales circunstancias! Pero, no: no es de la maldad humana de la que Jesús habla aquí, sino de la bondad del Padre. ¿Qué madre hay que, si su hijo es un ladrón, le corte la mano? ¿O qué padre que, si su hijo cae enfermo, no se esté cuidándolo por las noches hasta que se levante? Pues si nosotros, que somos malos, somos capaces de hacer semejantes cosas por aquellos a quienes queremos, ¿de qué no será capaz Dios? Jesús quiere que veamos todo lo bueno que es capaz de realizar el hombre, y que luego digamos: “Si éste, que es un pecador, es capaz de semejante amor, ¿cómo no nos amará el Padre del cielo? Si el hombre, cuando ama, es capaz de dar la vida, ¿qué cosa no hará por nosotros el Señor?
Dijo una vez de ciertos cristianos el poeta Charles Péguy (1873-1914): “Creen que están en lo eterno porque no tienen el coraje de lo temporal… Creen que aman a Dios sencillamente porque no aman a nadie”. He aquí la peor acusación que puede hacerse a un cristiano. Y, sin embargo, a veces es verdad: hay quienes se refugian en Dios para no tener que lidiar con sus hermanos; quienes se pasan días y tardes en el templo para no tener que estar con los suyos en su casa. ¡Sencillamente no puede soportarlos! Pero, ¿cómo va a amar alguien a Dios, a quien no ve, si desprecia a los otros, a quienes ve? El termómetro de nuestro amor a Dios es el hermano, y la piedad de aquella mujer que rezaba el Rosario mientras gritaba ultrajes a su nuera nos parece irrisoria: una caricatura. Por eso, Jesús nos previene: “Si estando en el templo, listo para llevar tu ofrenda, te acuerdas de que hay un hermano que tiene algo contra ti, deja la ofrenda y ve a reconciliarte con él, y vuelve luego a presentar tu ofrenda”. Esa ofrenda –la deposición de nuestro orgullo- vale, para él, más que cualquier otra. Y, sin embargo es preciso, después, volver al templo… “¿Y para qué voy allá, si las relaciones con mis hermanos son armónicas y buenas?”. Respuesta: para que también lo sean las relaciones con tu Dios.
Un arquitecto amigo mío me pidió que fuera a bendecir la casa-muestra de un fraccionamiento que acababa de construir. Y, cuando entré en aquella casa, no pude más que exclamar, alarmado: “¡Qué pequeña es!”. Mi amigo se me quedó mirando. “Pero, ¿no es bonita?”, me preguntó. Por lo pronto, aquella era una auténtica casa de muñecas: un solo cuarto, un baño, una cocineta que había que atravesar de lado para no golpearse la espinilla con algún mueble mal puesto, una sala en la que únicamente cabía un sillón, y eso era todo. “¿Cómo van a poder tener hijos los que vivan aquí?”, me preguntaba al rociar con agua bendita todas aquellas pequeñeces. “¡Excelente manera de esterilizar a las parejas pobres!”, seguí pensando, malicioso. Acabado el rito de la bendición, pregunté a mi amigo: “¿Tú podrías vivir en esta pajarera?”. Él se quedó pensativo durante unos instantes, hasta que me respondió: “A ti no te puedo mentir. ¡Pues bien, no, yo no podría!”. Él no podría. ¿Y por qué los demás sí? Ah, el día en que midamos a los demás con la vara con que nos medimos a nosotros mismos, como pedía Jesús (Mateo 7, 12), ese día el mundo cambiará de nombre y se llamará paraíso.
“¿Me quieres?”: he aquí una pregunta que nunca debe de hacerse, pues el tono con el que los demás nos respondan nunca nos gustará. Sí, queremos ser siempre los primeros en todo: los primeros en la clase, los primeros en la oficina, los primeros en el corazón de los que amamos. Pero, por paradójico que esto pueda parecer, entre más andemos por la vida preguntando si nos quieren, menos se nos querrá. Van creer los otros que los estamos presionando y se irán alejando de nosotros poco a poco. Tú ama, pues es lo único que depende de ti; que tu amor suscite amor como respuesta, eso ya no es cosa tuya. ¡Cuánta violencia se introduce en las relaciones por querer ser los primeros! Pero Jesús nos invita a obrar diversamente: “Ocupa el último lugar”, nos dice. Cuando aceptes ser el último, serás el primero: lo serás cuando ya no lo esperes; cuando, incluso, hayas dejado de buscarlo o de esperarlo. ¡Las paradojas de la vida! Si queremos a toda costa ser los primeros, acabaremos siendo los últimos.