Opinión / Una forma de Soledad
Un día, por ejemplo, ambos compañeros coincidieron en una calle de la ciudad y conversaron durante algunos momentos. No de chicas, ni de nada por el estilo, sino de literatura y libros extraños…
“En el momento en que iba a pasar, levantó hacia mí unos ojos inseguros, esbozó una sonrisa y después, como yo le respondiera con un saludo cordial, cambió bruscamente de aspecto, corrió y expresó su alegría por el encuentro.
“-¿Así que vives por aquí? ¿En dónde?
“Quería conocer el nombre de la calle, el número de la casa, mis costumbres y mi familia, y roció sus preguntas con maneras tan naturales y amistosas que contesté con placer a pesar de mi reserva habitual:
“-¿Para qué lado ibas? –agregó-. ¿Quieres que te acompañe?
“Acepté. Silbermann me enseñó su libro.
“-Es una edición antigua de Ronsard. Acabo de comprarlo –dijo, acariciando la linda encuadernación con sus dedos delgados y oscuros.
“Lo abrió y me leyó algunos versos…”.
¿Quién era este Silbermann que, a su edad, más que a jugar se dedicaba a leer y, más que salir, a coleccionar raros volúmenes?
“-Si te interesan los libros, ven un día a mi casa; te mostraré mi biblioteca”.
¡De modo que hasta poseía una biblioteca! ¡Eso era increíble! Nuestro narrador, por supuesto, se hallaba sinceramente sorprendido. Pero más se sorprendió todavía cuando, una tarde, visitó la casa del Silbermann, su amigo:
“Estaba llena de libros de arriba abajo. Los había encuadernados suntuosamente, y había otros en rústica, completamente deshechos por el uso.
“Exclamé con admiración:
“-¿Es tuya? ¿Has leído todo eso?
“-Sí –dijo él con una pequeña sonrisa orgullosa…”.
En efecto, Francia entera estaba ya bajo la ocupación nazi y no era raro que, en las paredes del salón de clases, una mañana cualquiera aparecieran pintas que decían con grandes caracteres mal trazados: “¡Mueran los judíos!”.
