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Análisisdomingo, 25 de enero de 2026

Opinión / Ocio y negocio

Una vez, un amigo mío, al ver el tamaño del libro que traía yo bajo el brazo, me preguntó:

-¿A poco vas a leer semejante ladrillo? ¿De veras vas a leerlo? ¡Dios me libre! ¡Yo no lo haría por nada del mundo! Son demasiadas páginas y, además, no tiene monitos.

Se trataba de una reciente edición de Oblómov, la gran novela de Iván A. Goncharov, que acababa de salir al mercado.

“-Tengo que dejaros, hijos míos. ¡Tengo tanto que hacer!”.

He aquí una manera de hablar muy moderna. ¿Y quién, a estas alturas del siglo XXI, no se ha expresado así por lo menos una vez? La nuestra ha dejado ya de ser la época en que el ocio era una buena cosa para convertirse, por así decirlo, en la era del negocio.

¿No era esta vergüenza la que sentía aquella anciana señora de la que nos habla Jacques de Lacretelle en su novela? “Cuando la encontrábamos sin hacer nada, por casualidad, se sentía tan avergonzada que se turbaba”… Sigue diciendo Nietzsche:

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