Nuestro abuelo Melchor Amigot Sesma nació al amanecer de un seis de enero por lo que le pusieron el nombre del Rey Mago de Oriente. En su fotografía que siempre estuvo en la mesilla de la sala, veíamos a un navarro corpulento de intensos ojos azules y fuerte personalidad. Siempre nos hablaron de nuestros abuelos y aunque no los conocimos nos enseñaron a quererlos a pesar de la distancia.
La tradición en nuestro hogar era que los juguetes los trajeran los Reyes Magos, no ese señor gordito de traje colorado que hablaba en inglés y que no paraba de reír llamado Santa Claus, y a ellos les escribíamos nuestras cartitas. Cuando éramos muy pequeñas estábamos convencidas de que uno de los Reyes era nuestro abuelo Melchor que llegaba del Oriente con los juguetes y esto nos hacía aún más emocionante la maravillosa noche de Reyes, una noche de misterio, de fantasía, donde lo humano y lo divino se funden en un mágico instante. Nos íbamos temprano a la cama, pero no pegábamos los ojos para poder decir después que habíamos escuchado las pisadas de los camellos. Era la noche más feliz del año.
Un seis de enero mi padre tuvo la idea de pedirle a sus empleados del cine que fueran a nuestra casa vestidos de Reyes Magos a entregarnos los regalos. Un sastre amigo les había hecho sus regias vestimentas y sus doradas coronas. Cuando los vimos llegar corrimos felices y azoradas a abrazarlos; de pronto nos dimos cuenta que sus caras nos eran familiares y que el Rey Melchor era el encargado de proyectar las películas, Gaspar era el señor que vendía los cacahuates y Baltazar era el Señor Benítez, el moreno portero del Cine Alcázar.
Al darse cuenta mi padre que este descubrimiento podría traernos confusión y echar por tierra nuestra inocente ilusión, con el ingenio que le caracterizaba inventó el cuento de los Reyes Magos tenían tantos juguetes que repartir esa noche a los niños bien portados, que esa noche nuestros amigos del cine los estaban ayudando a entregarlos, ya vendría nuestro abuelo Melchor el próximo año con los juguetes… En la palabra del padre no cabía la menor duda, y nos quedamos convencidas y felices abriendo nuestros regalos. Guardamos en nuestra memoria esos instantes hasta el día de hoy en el sitio de nuestro espíritu donde suelen esconderse las cosas más tiernas y más dulces. Aún conservamos la ya “desteñida” fotografía de ese seis de enero en el que el abuelo Melchor envió a su representante. Firmamento como símbolo de fe y amor.