Prepárate para una noche llena de pop acústico, baladas que llegan al alma y esas letras que solo una cinco veces ganadora del Latin Grammy puede escribir
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Plantarse ante la realidad mexicana es como quedarse frente a la gran obra de arte del Bosco, El jardín de las delicias, aunque no precisamente por sus virtudes estéticas. Uno no puede sino sobrecogerse ante la pluralidad de acontecimientos desafortunados que se suceden sin pausa: un torrente que abruma, asfixia y deja absorto, sin un lugar claro hacia dónde voltear. Violencia extrema normalizada, extorsiones que se expanden como un impuesto paralelo, corrupción e impunidad incrustadas en la administración pública, y una clase dirigente tan incompetente e indolente como cínica, componen apenas la superficie del lienzo.
Aunque la desdicha humana y el encono social son atizados diariamente por los políticos, sigue siendo necesaria la tarea de intentar comprender el caos, de buscar un sentido —o al menos una salida—, si es que existe algún orden en el desorden que nos engulle cotidianamente. En defensa de esta realidad, cada político que llega al poder sin excepción repite que “como México no hay dos”, o apela a encuestas que nos proclaman entre los países más felices del mundo. Pero la felicidad es una cualidad íntima, subjetiva, no un atributo del entorno social donde estamos obligados a convivir. Cada quien decide en su fuero interno qué paz construye, qué ilusiones conserva y que mentiras decide creer; no es extraño que muchos hayan optado por dejar fuera la realidad precisamente porque los sofoca.
Y, sin embargo, el país del discurso oficial insiste en imaginarse a sí mismo como un paraíso. Un paraíso más cercano al del Bosco que al de las prédicas religiosas: un jardín donde la narrativa de armonía apenas oculta su fragilidad. Como en el panel inicial del tríptico, México vive suspendido al borde de sus promesas incumplidas, en un “todavía no, pero ya merito” que se prolonga indefinidamente. Un México cuántico: capaz de ser muchas cosas a la vez sin terminar de convertirse en ninguna. Abundancia natural, creatividad social, vitalidad cultural: todo está ahí, pulsando. Pero, igual que en el paraíso bosquiano, nada garantiza que esa promesa pueda realizarse. La libertad y la energía que podrían sostener un futuro luminoso también contienen el germen del exceso que lo corrompe.
Este paraíso no es un estado alcanzado, sino una tensión constante entre lo que queremos ser y lo que somos. Una belleza que respira su propia falencia, que presiente su pérdida y la ahoga en la fiesta, el delirio y el exceso -como sostenía Octavio Paz en El laberinto de la soledad-. En México, la fiesta no es solo un rito ni un desahogo: es un mecanismo cultural de supervivencia. El país convierte su evasión en espectáculo y su anormalidad en banalidad. En este territorio donde la vida pública se alimenta de símbolos, emociones y enajenaciones, la distracción se vuelve tabla de flotación para la responsabilidad. La estética de la alegría esta pintada con el lenguaje de la locura que sustituye a la ética de la conciencia. Nada está quieto; nada invita al pensamiento. Todo brilla para evitar que miremos lo que hay.
El panel central de El jardín de las delicias es, en ese sentido, una radiografía de nuestro carácter colectivo: cuerpos en movimiento perpetuo, placeres que se atropellan, gestos que celebran mientras presienten el derrumbe y corren en tropel como si todos vivieran en un eterno “año de Hidalgo”. Una coreografía donde la vitalidad se confunde con fuga y la euforia opera como anestesia social. La fiesta mexicana —esa mezcla de delirio, fatalismo y olvido— no solo acompaña al desastre: lo maquilla, lo suaviza, lo vuelve tolerable.
El problema, como advertía Paz, es que la máscara termina por adherirse al rostro. En la fiesta, el país se libera por un instante de sí mismo, pero también se pierde. Se distrae justo cuando debería mirarse de frente. Porque lo que viene después del carnaval, en el tríptico y en la historia de la vida nacional, no es el descanso, sino el infierno. El infierno de una realidad que nos alcanza y que no admite excusas ni justificaciones, ni perdones por todo lo que no hemos hecho o dejamos pasar creyendo que, de algún modo, todo por si solo iría bien. Un infierno sembrado de pretextos y cifras oficiales que disfrazan la caída, pero que solo cosecha pobreza, violencia, ejecuciones e ilusiones perdidas para generaciones enteras. En el tríptico del Bosco, el infierno es un territorio donde la lucidez llega demasiado tarde: la destrucción ya ocurrió, pero los habitantes siguen moviéndose como si la normalidad fuera posible. México ha entrado también en esa zona.
Frente al retablo del Bosco, el observador comprende que no puede mirar el paraíso sin anticipar la locura, ni contemplar la locura sin intuir el infierno. México vive en esa misma secuencia: un país que se piensa excepcional, que se celebra incesantemente y que, sin advertirlo, se precipita. Paraíso de promesas incumplidas, un delirio colectivo que narcotiza y un infierno que se normaliza: los tres paneles conviven superpuestos en nuestra vida cotidiana.
Pero la obra del Bosco también deja una enseñanza: nada en el tríptico es definitivo. Cada escena, por más oscura o caótica que parezca, es susceptible de ser interpretada, comprendida y transformada. El infierno no es un destino inamovible; es el resultado de decisiones acumuladas, de renuncias, de fallas repetidas. Y lo mismo ocurre con el país. México no está condenado a permanecer atrapado entre demagogos: puede —si quiere— rehacer su propio relato.
La pregunta es si tendremos la lucidez para ver el cuadro completo o si seguiremos viviendo fragmentados entre un pasado idealizado, un presente festivo y un futuro escurridizo. Tal vez el primer acto de cambio consista, simplemente, en atrevernos a mirar sin evasiones: ver el paraíso con sus fracturas, la fiesta con sus máscaras y el infierno con sus víctimas. Solo así podremos, algún día, dejar de ser personajes dispersos, sin historia, dentro del lienzo y comenzar a ser los autores de una obra distinta.