De que produce toreros también y de que tiene ganadería de reses bravas las tiene. “Tierra de reses bravas y de hombres mansos”, dijo Reyes Heroles, queriendo referirse a la mansedumbre del alma que caracteriza a nuestra raza.
La dependencia llevó a cabo una reunión de información para que los docentes y directivos sepan cómo actuar en caso de recibir a un estudiante con estas características
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¡De toros es el tema!... ¡De “corridas” sin violencia es el dilema!... Disyuntiva para aquellos que de esta actividad gozan, viven, lucran y medran. Espectáculo que atrae multitudes y que mucho evoca al circo romano. La Ciudad de México ha tomado la decisión de no más corridas sangrientas. Ha optado por algo polémico que levanta ámpula y discusión.
Las “peñas taurinas” –entre trago y trago de vino autentico o pintado– discuten y discutirán –¡porque esto si cala! – la fiesta de los toros es una herencia cultural, tradición de siglos, que culmina con la muerte del “cornudo” (de la vaca marital mejor ni hablamos). Viene de lejos, de muy lejos, quizás desde la Roma de los Césares. Y es que la adrenalina humana brinca en las venas, mientras de rodillas y capote en mano, el torero espera a que desde toriles salga al que ha de “engañar” con su destreza. Es tal el espectáculo, que desde que la música llena los aires, la gente suda emociones. Los toros son espectáculo de herencia hispana.
La discusión actual se centra en que se trata de un bárbaro espectáculo que martiriza al animal antes de su muerte, sangrienta y despiadada. Banderillas, picadores con sangre a borbotones, y finalmente la muerte asecha en forma de espada, o en descabelle. A esto, irónicamente, se le llama “el arte del toreo” que culmina con un animal a rastras, tal vez un torero a hombros y aplausos del respetable. Pero al toro, ni muerto se la perdonan, le cercenan oreja y rabo para ofrecerlo como premio, y si el animal era de “casta” lo descabezan para disecarlo y ornamente una sala.
Pero desde sus “ojitos muertos”, siempre expresará el reclamo del ¿por qué? La discusión parece centrarse en que debe respetarse la vida animal y que no muera en un espectáculo cuyo gozo se bate en lo sangriento. De respeto por la vida es el tema, de un espectáculo que martiriza y ensangrienta es el otro. Solo que en nuestro tiempo –y de esto no discutimos ni legislamos–, de violencia sangrienta es lo actual. Es lo que abunda.
Los periódicos exhiben dantescas escenas de los horrores en Palestina, donde alguien poderoso intenta exterminar a toda una raza. Arriba de quince mil muertos, –¡pero los taurinos no dicen nada! Se descubrió en Jalisco un ensangrentado rancho de tortura y muerte de aquellos que lucran con la droga y la violencia. Cientos de zapatos quedan como testigos de aquellos que ahí perecieron. –¡Pero los taurinos no dicen nada! A pesar de los avances científicos, pululan decenas de enfermedades enemigas de la vida humana, que asesinan al corazón, al hígado, a los pulmones, a la sangre, etc. El cáncer se disemina. Hay cura para los ricos, pero no para los desposeídos y marginados.
Hitler y los suyos, en campos de exterminio, mataron a millones, la humanidad se horrorizó, el hambre, la pobreza, el agua contaminada, el aire envenenado, el frío, el desamor; la desesperanza y el abandono dan más cornadas mortales que los toros de Lidia. En África, las enfermedades tropicales y las epidemias exterminan vastos grupos humanos. En la serie televisiva de ese doctor “fuera de serie” hay cura y salvación para todos, pero es una atención que nadie nos explica con qué se paga, porque para los pobres eso no alcanza –¡son las cornadas de las enfermedades!
Los alimentos industrializados y los antibióticos nos matan lentamente –¡igual que los tacos de canasta! –. Comer en la calle es una amenaza para la salud porque, quien prepara los alimentos, no le importan los demás, solo su ganancia. La extinción de cualquier género de vida sin violencia es un tema espinoso y que merece discusión a fondo en nuestro tiempo. Es un tema polémico, muy polémico, que levanta ámpula y muy grande.
En el Tlaxcala taurino de hoy, la multitud se agolpa cuando se convoca al espectáculo del toro. Por eso este tema es de controversia. Tlaxcala es tierra de ganaderías, de reses bravas. Fue muy criticado hace décadas que el toro dispusiera de más superficie de tierra para desarrollar su bravura, que un campesino para sembrar su alimentación. Somos tan taurinos, que la escuela de este “arte” ha producido innumerables toreros. ¡Aquí es tierra de ganaderías, ganaderos y toreros!
Los “diestros” tlaxcaltecas de renombre, dan lustre y enorgullecen, al tiempo que expanden su oficio a todos los rumbos del país. ¡aquí!... este es un tema que genera discusiones, que levanta controversias. En lo personal, no soy taurino, aunque he disfrutado del espectáculo cuando ocasión ha habido. Pero reitero que la muerte con violencia en nuestro tiempo está por todos lados. Hay lugares como Atltzayanca que, si usted les quita lo taurino, les está quitando la columna vertebral a lo popular, y la verdad es que, si a las “corridas” les quitan la violencia y lo sangriento, les están quitando lo taurino.
Para ellos es una segunda religión, que mucho dice en esta época en que las distracciones de la comunidad son pocas. En cambio, Chiautempan tuvo un lienzo charro hace años, –como semilla de una posible plaza de toros–. Pero tan poco taurinos somos, que fue demolido y nadie rezongó, pero alguna feria, santanera, ha perdido el rumbo y organizado corridas de toros, en una plaza portátil. Así es que, un noventa por ciento de Tlaxcala es taurino, y el tema que aquí se trata, no reclama de mi parte definición alguna, porque puntos de vista habrá muchos, pero de que Tlaxcala es taurino sí lo es.