Análisismiércoles, 27 de noviembre de 2024
Estados Unidos, el hegemón aislado
ÚLTIMAS COLUMNAS
Más Noticias
COLUMNAS
CARTONES
LOÚLTIMO
Newsletter
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
“Aranceles es mi palabra favorita”, dijo hace semanas Donald Trump. Se trata en general de impuestos o derechos aduaneros destinados a encarecer los productos importados, para proteger a los fabricantes locales que no pueden competir en calidad o precio. En un modelo liberal, esta disposición es provisoria mientras se fortalece la producción doméstica mediante otros apoyos. Pero el presidente electo de Estados Unidos (EUA), convencido del poder disuasivo de su aparato de consumo, se dirigió esta vez a gobiernos que se alejan de sus intereses, al abandono del dólar para el comercio directo entre países. “Perder la hegemonía del dólar equivale a perder una guerra revolucionaria”, alertó.
¿Qué hace a la economía de EUA actuar contra los principios de libre mercado que contribuyeron a llevarla a la máxima posición mundial? A éste y a todo imperio o hegemón le llega el tiempo en el que se le acaba el crédito: se agotan sus posibilidades de disfrutar sin pago y se termina la credibilidad en el modelo de reparto de las cosas. Los múltiples conflictos que el país protagoniza por el mundo, más los problemas domésticos, propician que otras fuerzas emerjan para construir nuevos equilibrios, siempre costosos y tentativos, como corresponde a la complejidad de las sociedades humanas.
Los grandes números de la economía estadounidense son del tamaño de su creciente deuda, pero distan del nivel de vida de la mayoría de la población. El cierre de mercados a productores externos, lejos de compensar a sus habitantes, los expondrá a mayor inflación, con productos escasos y de menor calidad. El país ya consume más recursos de los que posee en su territorio o que puede transformar con eficiencia en sus plantas, así que la medida reducirá las disponibilidades para sus consumidores. Además, cerrará opciones a sus exportadores porque ya es usual que las sanciones que impone le sean respondidas con otras que le causen daño en los sectores económica y electoralmente más sensibles.
Desafiar al creciente número de países que abandonan el dólar supone también renunciar al comercio con ellos, adquirir en su lugar productos locales, algunos de ellos por un tiempo competitivos en precio pero no en calidad. El analista Jacob Heilbrunn ha declarado que el aislacionismo anunciado por Trump afectará a sus aliados y hará de su país el perdedor global. Justo la disposición anunciada es del tipo de errores que lo desgastan y que hace casi un siglo lo hundieron en la llamada “gran depresión”. La imposición de condiciones que favorecen los intereses inmediatos de algunos sectores viene debilitando el aparato productivo, el mercado interno y las relaciones de EUA con el mundo, sólo que la suficiencia que ha gozado por décadas le impide ver la erosión de su competitividad.
Sobre el principal objetivo de las sanciones, China, no hay datos que apunten a que intenta desplazar a EUA como país central para hacerse cargo del manejo del mundo, ya que esto impondría gastos innecesarios al gobierno encabezado por Xi Jinping. Más bien, le conviene dejar que su opositor siga corriendo con ellos. Es que los beneficios derivados de ocupar el centro de control tienen costos económicos y militares crecientes, al ritmo que distintos competidores internacionales reducen distancias o rebasan al regente global en ramas críticas y sectores de punta.
Así las cosas, la estrategia china apunta a ser más rentable y sostenible, menos invasiva o excluyente, por tanto más aceptada en el escenario internacional. Todo país necesita aliados, no enemigos. Bien le vendría a los estadounidenses no creerse que el mundo se aprovecha de ellos, sino conocer a su competencia para entender qué podrían hacer mejor.