A mediados de los cuarenta revivió en las ciudades norteñas fronterizas el gusto por la cacería. Era una costumbre ancestral, sobre todo en los pueblos serranos y las rancherías, andar cazando todo tipo de animales: a los depredadores que atacaban el ganado, las aves de corral, etcétera. En esa época se sofisticó la cacería, con las avionetas que se destinaban a fumigar, o a taxis aéreos. Esto aprovechaban los cazadores para ir a los parajes más aislados, despoblados, desconocidos. Se hablaba de berrendos, de borregos cimarrones, de jabalíes, de osos grises, pardos, negros, de pumas, del venado cola blanca, de la sierra de Baja California sur. Las avionetas llegaban en dos o tres horas a donde se localizaban animales salvajes. Era muy normal ver a mi padre en un fin de semana invernal con la indumentaria de cazador: “chamarrones”, carrilleras, botas para nieve, tejanas, gorras peludas, catalejos, cantimploras. Tal vez se sentía guerrillero, muy “machote”.
Tan pronto como él pensó que yo tenía edad suficiente para acompañarlo, me enseñó a manejar las armas de diferentes calibres, el 30-06, la carabina 30-30 —que usaban los revolucionarios—, las miras telescópicas… Nos equipábamos con todo lo que estaba de moda para cazadores. Iba al Paso, Texas, donde abundaban tiendas especializadas que ofrecían balas de ráfagas, casas de campaña, sleepings, walkie-talkies para comunicarse entre los cerros, equipo de nieve y todo lo relacionado con esta actividad. Era muy interesante encontrar huellas o heces de osos. Un madroño con las ramas rotas era señal de que algún plantígrado andaba rondando. En uno de los viajes fuimos a Baja California sur y nos acompañaba un periodista francés, paleógrafo: Jean Bautist, que investigaba las culturas primitivas, grabados o esgrafiados, y nos llevó a la sierra de San Francisco, donde él decía que había pinturas rupestres y animales salvajes. Nos comentó que León Barrí le había mostrado fotos de lo que se podía encontrar en aquellas serranías. Don León era un estudioso investigador, personaje rara avis en la sociedad chihuahuense, que escribió sobre el arte rupestre* del norte de la república y tenía el característico tipo francés, gran nariz, con lentes cabalgantes, una melena crecida, con bufanda larga, trajes mal planchados, un tanto descuidado, semiencorvado por andar cargando un montón de libros, y era profesor de varios colegios, entre ellos el Regional. En ocasiones llegaba a la Candelaria a comprar novenas o cromos de santos, era muy católico, militante de los Caballeros de Colón, compañero de mi padre, por eso fuimos a dar a aquellas latitudes lóbregas.
Volvimos a Chihuahua, y solamente Jean Bautist y yo sentíamos que el día valió la pena, porque logramos muchas fotos y dibujos, aunque no trajimos ningún trofeo y llegamos cansados, espinados, trasijados como las mulas, sudados y polvorientos. Cuando me metí a la cama me bastó cerrar los ojos para que se me aparecieran manchas de colores e imágenes fusionadas en paisajes desolados que me dejaron tan hondas huellas que se pueden rastrear en muchas de mis obras.Y aún me sigo preguntando: “¿Quiénes fueron?, ¿de dónde vinieron los hacedores de aquel arte?”. Muchos investigadores se refieren a incursiones de polinesios, los mismos que poblaron Rapanoi, las islas marquesa o el archipiélago de Hawai, tal vez por esos tenemos rasgos asiáticos. (Se ha descubierto que compartimos el ADN).
*En el año 2006 el investigador del Instituto Nacional de Antropologia e Historia (INAH), Francisco Mendiolea Galván publicó el libro El arte rupestre en Chihuahua que invita a realizar un viaje en el tiempo e interpretar los mensajes que plasmaron los grupos indigenas, mediantes pintura para la posteridad.