Desde infante me convencí que para captar las fantasías que mariposean, evasivas, al fondo de mi cerebro, primero debo espantar las distracciones, hasta que logro concentrarme y dibujarlas, sobre todo en la CDMX, donde sentí más la necesidad de aislarme del bullicio citadino, antes de que se volatizaran mis quimeras o imágenes ilusorias.
En ese entonces, el maestro Jorge González Camarena realizaba su mural en el tercer piso del Palacio de Bellas Artes, y muchos estudiosos del muralismo íbamos a ver cómo pintaba; él trepado en su andamiaje bajaba para observar su trabajo, se acomodaba los lentes de armazón grueso que espejeaban su mirada penetrante, abría cuidadosamente una cajita de lámina, sacaba un pellizco de “rapé”, que aspiraba por un orificio nasal. Él aseguraba que así se oxigenaba el seso. Sereno, atento, esgrimía sus comentarios con humor, que remataba con risitas muy prudentes. Allí nos conocimos: Alcántara, Almaraz, Revueltas, Boliver, Hermosillo y yo. Todos animados a pintar y aprender muralismo, pero carecíamos de un taller. El maestro nos brindó su amistad y se ofreció para apoyarnos. Él nos bautizó con el nombre de “Los Luciérnagos”, porque nos iluminábamos y nos apagábamos. Entre las chicas que rondaban, interesadas en el arte, destacaba Teru, alta y pizpireta, con quien de inmediato congenié. Ella oyó hablar que cerca del Caballito de Carlos IV había un sitio donde se juntaban varias personas a pintar desnudo, un lugar que le decían “La Mancha”. Muy animosa se ofreció a acompañarme. Esa misma noche de viernes, caminamos por las calles de Reforma. Anduvimos por callejones solitarios entre pasillos y bodegas, pregunté a un somnoliento velador, quien me indicó por dónde pasaban señores con extraña indumentaria, que portaban estuches e instrumentos, acompañados de mujeres entre velos seductores. Era un grupo de sesentones o setentones que se enfrentaban, armados de paletas como escudos y pinceles como espadas, a un cuerpo yacente femenino, salpicándolo de aguarrases temblorosos, pensamientos, óleos, ilusiones y pigmentos. Por un momento los distraje para presentarme y conocerlos. Se mostraron afables, me ofrecieron asiento y continuaron inmersos en sus cuadros. Les pregunté si me permitían hacer unos apuntes; accedieron. Cuando se terminó la sesión y vieron mis bocetos, no se esperaban que en vez de dibujar a la modelo, mis apuntes se enfocaban hacia ellos. Esto les cayó bien y me invitaron a volver. Imaginé el cuadro de Tintoretto Susana y los viejos (Susanna e i Vecchioni).
No estoy muy seguro de sus nombres, Boris Antipovich: alto, robusto, con facciones de cosaco ruso, bonachón, Maurice Dubois, típico francés con bufanda, pipa ladeada, brillante de saliva, dientes y aliento ahumados en ocre, el Che Torres, mexicano, chaparrito, dicharachero y alburero. El señor Durán, un respetable empresario, fabricante de pinturas y el reconocido y famoso acuarelista, cuyo nombre aparecía seguido en periódicos citadinos: el general Ignacio Beteta, a quien todos respetaban, simpático y tratable. Andaban en fachas estrafalarias, uno con overol flojo, otro con una gorra de tres picos, otro con pantalones de pechera con tirantes. Los vecinos los veían como seres de ficción peliculera o prófugos de una casa de salud. Para ellos yo representaba dizque a las nuevas generaciones de artistas y me otorgaron un trato muy especial, sobre todo el general, que después nos invitó a su lujoso y marmoleo estudio con una magnífica vista arbolada de la Ciudad de México.