No es lo mismo hablar de “uno” que de “todos”, tampoco es igual decir el poder de nosotros, nosotras a: nosotros y el poder. El tema es que el orden de las palabras, en este contexto, sí altera el significado.
El profundo sentido del individuo contrario al del colectivo, tan simple y claro en culturas orientales o en algunas de Latinoamérica, que para la cultura occidental no parece ser tan importante, contrasta con el valor de la colaboración o la solidaria responsabilidad de la vida comunitaria.
Por qué no funcionamos igual que la cultura japonesa, identificada con el estereotipo del orden y disciplina; o con la sur coreana, dinámica y productiva. Cierto, solo son imágenes etiquetadas asumidas sobre ellas, a través de lo que conocemos por sus productos, películas, literatura, etc. Pero ¿qué es lo que nos hace tan diferentes en México y otras naciones de centro y Sudamérica?
El colectivismo es quizá la notable diferencia cultural que marca la pauta entre una condición enfocada básicamente en “individuo”, como entidad que concentra todo el interés y el acento en la persona y no en personas, en plural.
En esta forma de organización social, el colectivo es muy importante para sobrevivir. Mientras que en occidente el objetivo es atender las necesidades personales y los derechos de la persona, el colectivismo prioriza la unidad y el trabajo en grupo, en equipo.
Lejos estamos de esa filosofía que antes profesamos desde la tradición ancestral, ligada a los pueblos indígenas prehispánicos, mucho antes de ser colonizados y obligados a adoptar prácticas e interacciones cada vez menos empáticas e involucradas con la cooperación grupal.
La competencia, la sobre exigencia y alta productividad, el éxito resultan en una especie de lucha por destacar en sociedad, dejando de lado el sentido de pertenencia y el beneficio del mutualismo y la interdependencia comunitaria.
Las mutualidades parecen conceptos antiguos hoy en día, obsoletos. La idea de organizarnos para brindarnos intercambios y prestaciones recíprocas sugieren, sobre todo entre personas muy jóvenes, “cosa de ingenuidad”, al menos eso me dijo alguien de mi trabajo a quien le doblo la edad. Lo cierto es que tal vez, sí sigo siendo idealista cuando pienso en todo lo que podríamos apoyarnos si dejáramos de pensar de forma menos egoísta.
Pero, aunque el poder del colectivismo, del “nosotros”, “nosotras” se ve muy bien en otras naciones, lejos estamos de implementar algo parecido en una ciudad grande con cientos de personas que se mueven a la defensiva y “al día” sin detenerse en el interés de alguien más fuera de su círculo más cercano.
Reconozco que el colectivismo está muy identificado con las organizaciones socialistas y el término, políticamente hablando, probablemente incomode a las posturas más conservadoras y visiones coloniales; no obstante, en medio de tantos problemas que nuestra sociedad enfrenta, algunas de las acciones, tareas o valores del colectivismo podrían sacarnos de una de estas crisis extendidas que, desde hace más de treinta años, nos acostumbramos a escuchar, como verdades únicas.
No se trata tampoco de sobrevalorar la fuerza de las mayorías, puesto que las mayorías no siempre tienen la razón, más bien es encontrar un justo medio entre el valor de ser y el de pertenecer.
Theodore Roosevelt solía decir que “el ingrediente más importante en la fórmula del éxito es saberse llevar bien con los demás”. Vale la pena preguntarse si hacemos lo suficiente para llevarnos bien con alguien, más que con nosotras, nosotros mismos.