Mis enclaustramientos los pasaba entre maquetas, papeles, trapos, pinceles y brochas, y me desentumía haciendo algo de deporte, un poco de futbol, espirol, o pasaba una parte de mis horas de descanso en la alberca del Instituto Regional, ya que era buen nadador. Me gustaban las competencias, sobre todo de clavados desde la torre de l0 metros, donde ejecutaba canguros, aviones y maromas en el aire antes de entrar al agua, y atravesaba la alberca de pared a pared aguantando la respiración. Un día normal que salí del agua me sentí mareado, se me nubló la vista, únicamente captaba la mitad de los rostros y las cosas a mi alrededor, veía algunas espirales de luces. Desde luego todo esto me asustó y pensé que era mi fin, me vestí como pude y llegué a mi casa —por suerte estaba cerca—, me tiré en la cama, pensando que mi hora había llegado, y a mi abuela, a quien veía borrosa, le pedí que trajera un cura para que me diera los santos óleos, despedirme del mundo y confesarle todos mis pecados, las desobediencias, las mentiras, los acosos a la servidumbre, los hurtos e intentar placeres solitarios con las manos, que me habían dicho que era de los peores pecados. En esas condiciones pasó vertiginosamente por mi mente una experiencia en el Instituto Regional Chihuahuense: uno de mis maestros, el jesuita Justiniano Fernández Bandino, nos hablaba que en las reuniones, asambleas, o concilios de los primeros cristianos, —aún bajo la sombra de Constantino, no se conocía la fecha del nacimiento de Cristo, todavía se practicaban las saturnales—.
Dio la respuesta (entre aplausos e inciensos), el monje matemático, astrónomo, astrólogo, adivino y profeta Dionisio que apodaban el exiguo por medir 1.33 metros de estatura. Él demostró que Cristo había nacido entre los días 24 y 25 de diciembre. Fecha que después se ajustó al calendario gregoriano, como también la fecha del primero del año nuevo.
De tal manera que desde entonces los buenos cristianos festejan con algarabía, cánticos y comilonas y otros, no tan cristianos, con puras comilonas aunque no sepan su historia, como mi madre que cocinaba pavos rellenos bañados en gravy, bacalao noruego, perdices y pichones en sarcófagos y exquisitas lentejas rellenas de escamoles.
He ahí la causa de mi tremenda indisposición que el cura —amigo de mi abuela, quien vivía cerca— comprendió que era una simple indigestión, o una migraña tempranera que se manifestaba en auras, o resplandores visuales, pero de todas formas, quedé absuelto de los pecados que le confesé con lujo de detalles. Me dio de penitencia aprender el credo en latín y repetirlo cincuenta veces.
Me revivieron los acordes y cantos de mi madre, que estudió piano, los jubileos y los lamentos que arrancaba mi padre a su violín —él los aprendió del maestro don Ernesto Talavera—. En aquella casa había tertulias de melómanos, recuerdo a los concertistas Margarita Corona, Jesús Quezada, el maestro Talavera, doña Lupita y don Medardo, que trataron de contagiarme su afición, pagaron maestros de música que nunca acepté, preferí pintarlos que escucharlos.