¿Qué estamos haciendo como padres y como sociedad ante la invasión de estándares irreales que imponen códigos superficiales y presionan a nuestros hijos a adaptarse para ser aceptados? Con esta pregunta direccionamos el artículo anterior y “abrimos” una reflexión que yo espero nos haya incomodado toda la semana.
¿Qué estamos haciendo? No basta con decir que nos preocupa. No basta con mirar para otro lado. Es momento de replantearnos desde todos los ángulos posibles, la educación, los medios, las políticas públicas, la iglesia, pero sobre todo, desde la dinámica del hogar qué estamos haciendo mal.
¿Cómo puede ser que una niña de tan solo catorce años haya llegado a la conclusión de que necesitaba hacerse implantes para ser aceptada y amada? ¿Cómo puede ser que las propias personas que debían alejarla de aquellas ideas la alentaron a llevarlas a cabo? ¿Cómo puede ser que nadie de los que estuvo cerca interpuso una denuncia para evitar tal aberración? ¿Lo hubiéramos hecho si estuviéramos nosotros ahí?
La sociedad de consumo no repara en generar expectativas irreales con tal de vender. Desde una crema reductora hasta unas pastillas mágicas. Definitivamente es a través de las redes sociales que la venta se masifica de manera exponencial. Sin embargo, es el grupo de pares, el ambiente perfecto para la “validación colectiva” de una mentira que puede llevarlos a adaptarse a cualquier precio con tal de ser aceptados.
De ahí que es tan importante que los padres y maestros estemos presentes en la vida de nuestros hijos, fungiendo como “prefectos” de la verdad, tutores que les guían, pese a su resistencia natural, a encontrar su identidad en quienes son y no en lo que la sociedad espera de ellos. Estar ajenos a esta realidad o peor aún, convertirnos en “cómplices” de esta búsqueda mal orientada puede llevarnos a lamentar una muerte más.