Watergate | Una frontera llamada cicatriz
La frontera entre México y los Estados Unidos de América es una cicatriz. Lo dijo Carlos Fuentes años atrás. Como nunca cobran sentido sus palabras.
Una frontera que empezó a llorar sangre y rencores desde que los nacientes Estados Unidos compraron a Francia y Napoleón el inmenso e indefinido territorio de Luisiana –ex territorio español hasta 1800.
Perder Texas fue el adelanto de la guerra que vendría después. La consecuencia de nuestra debilidad para sembrar de mexicanos nuestras dilatadas e ignotas fronteras del inmenso Norte o septentrión.
Las cláusulas de ese ignominioso y abusivo tratado de límites, marca desde entonces la asimetría de ambos países. Asimetría territorial, económica, poblacional, de recursos y geográfica.
Desde entonces, la frontera entre ambos países ha sido agenda de tensiones y negociaciones.
Es a partir de entonces que los Estados Unidos han hecho uso del reconocimiento de nuestro país como su principal herramienta de negociación con México.
Hoy, son la migración ilegal, las nuevas condiciones del libre comercio, el narcotráfico, el respeto al medio ambiente, los derechos humanos y la democracia lo que integra la agenda bilateral entre ambas realidades.
La asimetría continúa a pesar de lo mucho que han evolucionado ambos vecinos.
Quien gane las elecciones federales de este 2018, deberá tener conocimiento y profundidad sobre esta difícil pero inexorable realidad. Equivocarse en ello, siempre ha sido muy caro para ambos países.
















