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Uno de los recuerdos que más atesoro es una historia que me contaba mi madre sobre cómo se había dado la oportunidad para que ella y su hermana estudiaran en la Escuela Normal Veracruzana y se graduaran como profesoras de educación primaria.
Hijas de un zapatero, vivían en un municipio indígena nahua, al norte de Veracruz. Iniciaba la década de los años sesenta del siglo pasado y era raro, a la vez que mal visto, que las jóvenes de la localidad migraran para estudiar.
En su hogar nunca faltó alimento y vestido. La educación para sus hijas era un lujo que mi abuelo, después de sortear todo tipo de obstáculos económicos, había podido administrar hasta la educación secundaria. Ellas habían obtenido muy buenas calificaciones, pero hasta ahí iban a llegar. Don Sebastián era un hombre creyente, pero no podía estirar más el milagro económico que pendía de su modesto oficio.
Entonces, la suerte, ese artilugio que esporádicamente hace presencia cuando falta el dinero y sobran sueños imposibles, llegó de la mano de un reintegro de lotería. Joel, el hermano mayor de mi madre, jugó y obtuvo apenas lo indispensable para instalar a sus hermanas en Xalapa, la capital.
Gracias a que su hermano les obsequió la integridad de lo obtenido y pese a que esto no las salvó de las más apremiantes penurias económicas estudiantiles, en 1968 ambas se graduaron y se fueron a fundar una escuela rural al sur del estado de Veracruz. Fueron las primeras mujeres de su familia que lograron acceder a la educación superior, tener independencia económica, ser sostén para sus padres, además de un gran ejemplo para sus hijas. Es una historia que me gusta recordar. Me hace pensar que, aún en la adversidad, es posible salir adelante.
A diferencia de aquellos años, hoy en día no necesariamente una mayor escolaridad garantiza un mayor ingreso y mejor calidad de vida para las mexicanas. Sin dudarlo, el país ha cambiado. Pese a ello, las brechas de género se han sofisticado al grado de que la situación laboral actual tiene complejidades específicas para las mujeres.
El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) señala que en lo que va del siglo veintiuno, el promedio de escolaridad de las mujeres en el país ha transitado de 7.2 años cursados (equivalente a la primaria concluida) a 9.6 años (secundaria terminada). Con estos datos, bien podríamos sospechar que a mayor escolaridad hay empleos mejor pagados. ¿Es esto así?
La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE, Inegi) de 2025, encontró que la población de 15 años y más en el país es de 103 millones de personas, de las cuales el 53 por ciento somos mujeres. Actualmente el 38 por ciento cuenta con estudios de nivel medio superior y superior; el 33 por ciento terminó sus estudios de secundaria y el 16 por ciento concluyó la primaria. Colima, Baja California y Ciudad de México son las entidades que muestran las tasas de más alta participación económica para las mujeres; en contraste, Chiapas, Veracruz y Zacatecas registraron las tasas más bajas.
Cuando fueron encuestadas, si bien tenían empleo, buscaban trabajar más horas a la semana, pues su percepción no les era suficiente. Del total de mexicanas ocupadas laboralmente, el 46 por ciento ganaba hasta un salario mínimo. Sólo el 0.5 por ciento percibía el equivalente a cinco salarios mínimos. Según lo reportado por la ENOE, casi el 60 por ciento de las mujeres ocupadas en el mercado laboral se encontraban en ocupación informal, esto representa un total de 24.3 millones de mexicanas.
Todo ello sin considerar el trabajo de cuidados: realizar el quehacer, hacerse cargo de familiares de menor edad, o con algún padecimiento físico, mental u emocional, procurar la vida de los animales de trabajo y mascotas de la familia, planear el funcionamiento cotidiano del hogar, entre muchas tareas más.
En esta situación subyace una especie de “piso pegajoso” que no conoce de aspiracionismos ni echaleganismos e impide mejorar la situación de la población con mayor escolaridad. Cierto es que los trabajadores tampoco viven una situación laboral libre de obstáculos y precarización, pero cuando de trabajadoras se trata la situación se complejiza aún más. En todo caso, habría que pensar en estrategias de Estado que desmonten lo estructural. No podemos concentrarnos únicamente en el sube y baja de las gráficas y cifras.