¿El fin de la era woke?
Maestro en Políticas Públicas por la Universidad de Harvard, miembro del Centro de Estudios de Seguridad, Inteligencia y Gobernanza del ITAM y consejero de Basta Racismo A.C.
Maestro en Políticas Públicas por la Universidad de Harvard, miembro del Centro de Estudios de Seguridad, Inteligencia y Gobernanza del ITAM y consejero de Basta Racismo A.C.
El término woke surgió en el inglés afroamericano en la década de 1930 para referirse al despertar de la conciencia sobre problemas sociales y políticos antirracistas—“stay woke”. Resurgió en la década de 2010 como parte de un movimiento global de justicia social. Su auge estuvo marcado por hitos como el asesinato de George Floyd y el robustecimiento de Black Lives Matter, complementado por movimientos como el #MeToo y la re-energetizada lucha contra el cambio climático, de la mano de figuras como Greta Thunberg.
Woke llegó a representar la faceta más energética del activismo contemporáneo, caracterizada por una acción colectiva, crítica y contestataria. Como era de esperarse, parte de su agenda y narrativa fue adoptada por Hollywood, empresas, redes sociales y el Partido Demócrata, amplificando su mensaje, pero también politizándolo.
Esta politización lo convirtió en un punto de división dentro del liberalismo estadounidense. Para la derecha, woke representó un exceso de corrección política y una amenaza a las libertades individuales. Ciertos sectores de la izquierda lo usaron como un estándar de pureza ideológica, generando tensiones internas. A esto se sumaron conceptos como la “cultura de cancelación”, que, aunque inicialmente fueron vistos como herramientas de rendición de cuentas, comenzaron a generar rechazo al percibirse como excesos intolerantes y punitivos.
El alejamiento de woke de sus raíces originales, sumado a la polarización y la fatiga social, contribuyó a la votación de contranarrativas conservadoras en Estados Unidos. A la par de los cambios políticos, el engranaje social y corporativo se movió rápidamente hacia estas posturas. Casi como transacción. Mark Zuckerberg anunció el fin del programa de verificación de datos de Meta. Empresas como Disney y Walmart han reducido o eliminado políticas de diversidad, equidad e inclusión (DEI). Incluso a nivel cultural, en Hollywood, el movimiento #MeToo parece perder momentum, como muestra los polarizantes casos de Blake Lively contra el director Justin Baldoni o el de Johnny Depp contra Amber Heard.
Los ciclos narrativos-políticos son dialécticos; ambos movimientos avanzan y retroceden como olas. El wokismo, en su forma actual, quizá se haya mermado, pero su lucha sigue. Existen problemáticas tan profundas y pesadas que ningún mar puede arrastrarlas—LAS LUCHAS contra el racismo, la violencia de género, la transfobia, la homofobia, la xenofobia y el calentamiento global PERSISTEN. Estas son rocas tercas, con efectos multiplicadores en la desigualdad, que el activismo no puede dejarlas a la deriva.
En México, este reto también se refleja en la polarización social y política. La dialéctica polarizante no ha quedado atrás reflejándose en la división entre ‘chairos’ y ‘fifís’ y sus respectivas ideologías políticas. Por ello, al menos por este lustro, será necesario que el activismo replantee cómo convencer a las empresas, al gobierno y a las tías. El activismo deberá tener al menos dos ingredientes:
Datos. Es innegable que existe evidencia sobre cómo estas formas de discriminación afectan la desigualdad, el crecimiento económico, la estabilidad social y el bienestar de la población. El activismo requerirá argumentos que resalten la productividad, el bienestar humano y los empleos, mostrando cómo la inclusión beneficia a todos.
Empatía. La percepción del wokismo como inflexible y punitivo fue parte su tropiezo temporal. Para mí, los radicales woke y los ultraconservadores son las mismas personas—igual y hasta son primos que se pelean cada Navidad por los terrenos. Creo que el momento llama a construir desde la conciliación. Un poco más de Martin Luther King y menos Malcolm X, por ahora. Tenemos que generar espacios de debate propositivo.
No se trata de ser tibio ni de evitar posturas firmes. Hay que seguir marchando, alzando la voz, resistiendo, pero estratégicamente. Quizá ideático (y cursi), pero en México es un buen momento para fomentar conversaciones guiadas por datos y empatía, priorizando la reflexión sobre el ruido. Más corazón y cerebro, menos estómago.