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Análisisviernes, 23 de agosto de 2024

Hojas de papel | El tiempo leve

“Sabia virtud de conocer el tiempo; a tiempo amar y desatarse a tiempo: como dice el refrán, dar tiempo al tiempo, que de amor y dolor, alivia el tiempo…” Y así.

En todo caso, el tiempo es una obsesión para el ser humano. Es que a final de cuentas no es el tiempo el que le preocupa, sino el transcurso de su vida.

Las antiguas civilizaciones tenían esa obsesión por el tiempo, y tenían a sabios que identificaron los lapsos de movimiento estelar, estudiaron sus reiteraciones y los periodos solares-lunares-estelares, crearon así medición del tiempo. Y lo respetaron y lo deificaron.

Los antiguos mayas, por ejemplo, tenían tal grado de exactitud en sus mediciones que fueron los inventores de un calendario tan riguroso que causa admiración por su precisión:

“… El Haab, medidor del año solar, el que al igual que el calendario gregoriano tiene un período de 365 días, pero que, a diferencia de este, se divide en 18 meses llamados “winal”, de 20 días cada uno, los cuales suman un total de 360 días.

Así, el paso del tiempo es irremediable. ¿O somos nosotros los que le damos sentido a ese tiempo en nuestro rostro, en nuestro cuerpo, en nuestras canas, en las arrugas o en la distinta forma de caminar?

Y decíamos: el tiempo es irremediable y obsesivo. Está por todas partes. Está en el aire. Está en lo que dura el tronar de anular con pulgar, está en el abrir y cerrar de ojos, está en lo que dura el gran suspiro del amor…

Por supuesto el hombre ha inventado recursos para capturar el tiempo: la fotografía, el cine, el video, la música, la imagen, la pintura…

Muchísimos años antes, el tiempo fue el motivo de una de las grandes obras literarias de la historia: Está en el primer libro de la humanidad, “La Epopeya de Gilgamesh”, de hace casi cuarenta siglos.

Jorge Luis Borges reflexionó en la inmortalidad que no es más que el desafío al tiempo: “El tiempo, que sigue siendo para mí el problema esencial de la metafísica”. ¿De dónde viene?... Cae, viene de arriba”.

San Agustín abordó en el capítulo XI de sus “Confesiones” el tema del tiempo: “…Por ello me parece que el tiempo no es otra cosa que una expansión: ¿de qué cosa? No lo sé, pero me asombraría que no fuera del espíritu mismo.

“… ignoraba yo aún que el tiempo es oro… ¡cuánto tiempo perdí! ¡Ay, cuánto tiempo!... “

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