Ya hemos platicado aquí mismo la importancia afectiva de los abuelos en nuestras vidas, también como parte de nuestro núcleo familiar. Los abuelos son más amor y cariño que el dulce de fresas.
Y así la ruta feliz de la familia feliz. Padre-madre-hijos-abuelos… ¿nadamás?...
Por supuesto existe el factor humano y no todos los tíos son ese pan de marquesote de Tlacolula. No. Los hay también de difícil trato. O de inútil trato. Pero casi siempre son la excepción.
¿Nosotros somos tíos invisibles pero presentes? ¿Somos esos tíos amistosos, firmes, cariñosos y esenciales?
Todos tenemos tíos. O somos tíos. Ya cercanos, ya lejanos. Pero el término no sólo refiere a nuestra familiaridad consanguínea. También tiene otras acepciones, siempre cordiales…
“¡Mira nadamás qué tío tan bueno!” cuando se refiere uno a alguien buena onda. “¡Ese tío tiene cara de pocos amigos!” cuando se refiere a un tipo mala entraña.
El Comando Sur de EU indicó que una persona sobrevivió al ataque a la primera embarcación, por lo que notificaron a la Guardia Costera para que implementara el sistema de rescate
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Una de las cosas que nos enseñan en la primaria, apenas al ingresar en el primer año, es la integración de la familia: La maestra se esmera en decirnos y en hacernos repetir: “La familia se compone de la mamá, el papá y los hijos”. Digamos que ahí menciona el núcleo familiar esencial.
Y luego explicaba nuestra querida maestra de primero: Toda familia comienza con la semillita que se siembra y que luego da frutos y flores… Con el correr del tiempo… (suenan tambores a rebato) unos años adelante, se nos dice la verdad y nadamás que la verdad del cómo nacen los niños. Algunos de nuestros compañeros de sexto tenían sus propias versiones…. Y… Pero nada, el tema es que la familia es única y creciente.
En México, cada 10 de mayo se celebra por todo lo alto a la mamá. A la madrecita buena, abnegada, dulce, cariñosa, cargada de amor por sus hijos. Aunque es día no se menciona el caso de la chancla justiciera, y los coscorrones y el “¡si lo encuentro qué te hago!”… “¡arregla ese tiradero que tienes ahí!”… Pero sí, predomina el amor mutuo: el amor de madre a hijo y del hijo a la madre. Semper fidelis.
Luego también se celebra el día del padre. Es el tercer domingo de cada junio del año. Como se ve ahí comienza la diferencia. Porque a la madre se le asignó una fecha precisa y llueva truene o relampaguee se le festeja. Al padre, por el contrario, se le da una fecha cualquiera, con tal de que sea domingo y se pueda hacer la carnita asada o salir a comer por ahí, con la familia…
En el caso del Día del Padre, la celebración es con menos estruendo, menos brío, menos emotividad. Sí se quiere al padre, se le respeta, se le admira… pero es que cuando hacemos berrinche siendo niños, a la primera que buscamos es a la madre, para darnos refugio y consuelo.
… Para decirnos que no pasa nada que ‘todo está bien, que rompiste tu juguete, pero que no importa, ya te compraremos otro…’. En cambio cuando rompemos ese mismo juguete, la mirada de pistola del padre nos arruga el ser.
Pues no. No es nadamás. Hay otros integrantes de la familia a los que se les quiere pero, digamos que de otra manera. Acaso no con la intensidad emocional de la familia núcleo aunque también resultan indispensables como punto de equilibrio en la relación familiar.
Son los hermanos o hermanas de nuestros padres. Son los que crecieron juntos. Son los que conocen de muy cerca sus virtudes o defectos. Son con quienes convivieron en los momentos cruciales de su formación como seres humanos, en las luchas por la subsistencia o por los logros personales, escolares, académicos o profesionales. Son con los que se peleaban pero luego se contentaban.
Y son los que cuando ya viejos, están a la mesa e inician las pláticas para repetirse: “¿Te acuerdas de aquella vez en que mamá te encontró fumando? … ¿Te acuerdas cuando mamá te vio salir hacia la escuela muy de minifalda y con la boquita pintada? ¿Te acuerdas cómo nos fue?...” ¿Te acuerdas que cada uno marcaba su pan de dulce en la cena?...
Fueron los compañeros de nuestros padres. Fueron los que estuvieron cuando alguno de ellos caía y ponían el hombro para que se levantara. Fue el latoso de la familia. El que había que ir a buscar porque se había ido “con sus amigotes”… Pero también el que iba a buscar a nuestro padre aun joven cuando también se había ido por días “con sus amigotes”…
Los tíos son la parte excepcional de la familia. No están en el núcleo básico. Pero están ahí y se les quiere y se les necesita y se les busca para un consejo, para una palabra, para un apoyo, para el desahogo por lo que nos pasa y lo que nos ocurre. Son nuestros cómplices. Son ellos nuestros compañeros queridos que nos permiten todo y todo lo perdonan, porque son nuestros amigos.
Y siempre –o casi siempre- tienen palabras cordiales para nosotros, para nuestra vida y para intervenir y solucionar los conflictos entre padres e hijos como intermediario en las luchas de poder y libertad. O cuando el hijo –que es sobrino- busca refugio, casi siempre corre a la casa del tío, que lo recibe con los brazos abiertos y ofrece su ayuda para arreglar las cosas.
Pero esas son excepciones de la regla. La regla que nos depara la felicidad en compañía de los tíos. Y es que todos tenemos un tío o una tía buena onda, siempre ahí, siempre presente, firme como el número uno. Y tan glorioso es ser ese tío todo oídos y toda compañía, como ser el sobrino que se vuelca en afecto sincero, llano, cordial y fraterno.
Porque sí, porque nuestro tío es nuestro cómplice a lo largo de la vida. Porque con él podemos echarnos un copetín sin la mirada tenebrosa del padre o la madre. Él nos guarda los secretos más recónditos. Él nos acompaña y nos recupera de caídas y en silencio. “¡No le digas a mis papás!” es la frase cercana. Y guardan el silencio entrañable el tío o la tía que siempre que están ahí y no piden nada a cambio… o sí, nuestro afecto.
Tengo tíos inolvidables. Muchos de ellos y ellas. Tíos que han sido todo cariño, toda solidaridad y esa sonrisa aun interminable. Por ejemplo, mi tío Lorenzo –Lencho- primo hermano de mi padre. Él todo seriedad, todo firmeza, todo respeto. Siempre recto en su cuerpo y en su hacer de la vida. O mi tío Felipe, que aunque esposo de mi tía de sangre, era mi tío por elección y porque estaba lleno de dulzura y brazos abiertos para todos nosotros, sus sobrinos, que invadíamos su casa y que siempre teníamos un lugar en ella y un plato en la mesa.
O mi tía Guadalupe Vásquez –Lupita-: La más dulce de los seres humanos. La más callada. La más amorosa. La más llena de virtudes silenciosas. Hermana de mi madre, aunque primas. Siempre juntas, siempre acompañadas una con la otra. Y siempre derrochando amor y cariño que nunca terminan. Ahora están juntas allá, haciendo las labores, haciendo los paseos, haciendo la plática… haciendo su hermandad ejemplar. ¿Y qué tal mi tía Cilia…? ¿Y qué tal..?
Y todo esto porque este día 12 de octubre se celebra el Día Mundial del Tío y la Tía. Si. Así como se lee y se sabe. Hay un día para ese tío, esa tía, esos seres queridos que están ahí y que estuvieron ahí, como faro de luz.
Jane Austen, la autora de Orgullo y prejuicio, fue una tía amorosa. Nunca se casó. Y no tuvo hijos. Pero prodigó todo su cariño a sus más de treinta sobrinos y sobrinas con los que se veía con frecuencia y con quienes mantuvo una comunicación epistolar que guarda ternura, afecto, enseñanza y firmeza de amor fraterno.
Félix de Azúa, el escritor español de Idiotas y humillados escribió una apología inolvidable sobre su tío Manolo, quien a través de sus pláticas le abrió las puertas a la poesía y a la conversación literaria y lo llevó a encontrar su vocación. Así como Eduardo Mendoza y su tío Juan Marín, de quien escribió sobre su gran valor y su amor por el arte.
Truman Capote describe a su amada tía Dolly Talbo en El harpa de hierba, la tía quedada, la tía solitaria, pero la tía más amorosa y más llena de amor por el mundo en contraste con su tía Verena Talbo, dura, cruel, ambiciosa… Escribió esta obra en recuerdo de su infancia, pues creció con dos tías que lo recibieron en su casa de Monroeville, en Alabama.
O el Tío Alberto de Joan Manuel Serrat. Un homenaje hecho palabras y música para un tío todo terreno: “Tío Alberto, tío Alberto: Cató de todos los vinos, anduvo por mil caminos y atracó de puerto en puerto. Entre la ruina y la riqueza, entre mentiras y promesas, aún sabe sonreír, tío Alberto.”