Tras la localización del alcalde de Taxco, Juan Andrés Vega Carranza, el secretario de seguridad, Omar García Harfuch, le atribuyó el hecho a la Familia Michoacana
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Hace unos días me entrevistaron para un programa del Doctor Simi, conducido por Rafael Cardona. El tema: motocicletas y siniestros. La producción fue quizá la más cálida que me ha tocado presenciar. Hasta desayuno me ofrecieron. La conversación frente a las cámaras fluyó con normalidad, con diferencias menores entre el conductor y yo. Pero al terminar la grabación, Cardona se sinceró: “Las únicas bicicletas que me gustan son las blancas que ponen en las esquinas, cuando un ciclista se lleva su merecido”.
Lo que había sido un diálogo cordial terminó abruptamente. Sin ser descortés, y vaya que el conductor merecía otro trato después de lo que dijo, me despedí y me fui molesto, pensando en la anécdota, que más tarde compartí en un chat de activistas donde todos usamos la bicicleta.
El ciclismo urbano ha venido ganando espacio en la Ciudad de México. Primero con Ecobici, después con una red creciente de ciclovías, con normas que permiten saltarse el alto en vialidades secundarias, y sobre todo, con su adopción en todas las clases sociales. Pero con cada metro ganado, la bicicleta incomoda a más personas.
Nadie es Dios. Pensar que un automovilista tiene derecho a “hacer justicia” porque una bicicleta le estorba es absurdo. El comentario de Cardona fue en privado, pero después de una grabación en la que se expresó de forma distinta, quedó clara una hipocresía que se transmite en televisión nacional. El problema no es Cardona. El problema es que muchos piensan como él. Y algunos están dispuestos a actuar en consecuencia.
En este contexto, celebro una de las pocas acciones del gobierno de Clara Brugada que realmente me agradan: la intervención en Calzada de Tlalpan. Me refiero al conjunto: las mejoras en áreas peatonales y la ciclovía. Me alegra ver que esa avenida, símbolo de la división entre oriente y poniente, y de los amores furtivos de la ciudad, viva ahora un esfuerzo de embellecimiento. Podría dejar de ser una calzada de paso para convertirse en un punto de reencuentro en una ciudad fracturada por los códigos postales.
Claro que hay afectados. Menos de lo que los iracundos creen, más de lo que mis amigos ciclistas piensan. Pero al final, esa es la tendencia: llenar de infraestructura ciclista las avenidas de la CDMX, justo por quienes creen que los ciclistas deben ser crucificados por el delito de sentirse libres. Por creer que pueden acortar el tiempo entre un punto y otro. Por sonreír durante la hora pico. Por enseñar a sus hijos que otra movilidad es posible. Que sí se puede vivir con calidad incluso en una urbe de dimensiones infinitas.
Tlalpan no tenía por qué ser eternamente una vía donde sólo había dos opciones: ir hacinado en un tren o enojado en un coche detenido por el tráfico. Ahora se puede caminar, pedalear, tal vez tomar un café, explorar tiendas. Lo que hoy genera molestias, mañana traerá más beneficios que perjuicios.
Yo haría otras cosas en Tlalpan, todas compatibles con la ciclovía: soterrar dos o tres tramos de un kilómetro, recuperar los semáforos que había hace tres décadas en Municipio Libre y Zapata, crear un gran parque de Ciudad Jardín a Canal Nacional, y hacer la pasarela peatonal a nivel, no elevada.
Pero, mientras tanto, celebro que en Calzada de Tlalpan por fin ocurran cambios, a pesar de las afectaciones a los automovilistas que la usan. Lamento los inconvenientes ocasionados por esta obra, pero hacer infraestructura para todos los usuarios ayuda a tener una mejor ciudad, aunque algunos, por fortuna los menos, nos quieran muertos a nosotros los ciclistas.