La directora de Somos Uno, Somos Azules, informó que hay señales de alerta, que van desde alteraciones del sueño, hipersensibilidad, lenguaje limitado y movimientos repetitivos
En los últimos tres meses se han realizado 86 operativos en los que se ha identificado que un 90 por ciento de personas infraccionadas son reincidentes
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
A lo largo de su historia, México ha sido un país dependiente de figuras poderosas que lo “conduzcan” por el buen camino. La idea general de que nuestro país y su gente tienen en el inconsciente colectivo la necesidad de depender de lo que George Orwell denominaba como el Gran Hermano, es fruto del dominio de ese hombre fuerte desde antes de su concepción como nación.
Desde la época prehispánica, con el dominio de los tlatoanis del imperio azteca, su palabra no era ley, sino un mandato divino otorgado por los dioses, dándoles vía libre para ejercer su poder a plenitud sobre las demás tribus. Curiosamente, la consolidación del reinado español no hizo más que confirmar esa figura de poder absoluto en el naciente virreinato de la Nueva España, tras la caída de Tenochtitlán.
Sin embargo, después de la Independencia de México el dominio de un grupo de poder único representado a través de figuras absolutistas que movían el destino del país naciente para sus propios intereses no sólo no terminó, sino que pareciera que esta conducta fue heredada a través del tiempo. Ejemplos como el de Miguel Hidalgo, quien nunca buscó realmente un rompimiento con España, terminaron dejando un México sin rumbo y con muchos espacios de poder que debían ser llenados. Otro caso fue el de Antonio López de Santa Anna, quien terminó autodenominándose como Su Alteza Serenísima.
Así llegamos a otras figuras de poder absoluto como Porfirio Díaz, quien bajo el lema de “Orden y Progreso” inició una verdadera transformación en México, al altísimo costo de consolidar un sistema desigual que terminó subyugando a distintos sectores del país, condenándolos a la pobreza y la represión. Esto generó inevitablemente una nueva transformación: la cruenta Revolución Mexicana. Ésta definió lo que ahora conocemos como caudillos, figuras como Emiliano Zapata, Francisco Villa o Victoriano Huerta, quienes por diez largos años hicieron su mejor esfuerzo por matarse los unos a los otros, cobrando también la vida de millones de mexicanos.
Después, el poder absoluto cayó en manos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que logró institucionalizar un sistema cuasidictatorial disfrazado con algunos matices democráticos. Un modelo que puede explicarse en su totalidad bajo el concepto de la dictadura perfecta de Mario Vargas Llosa. Así continuó el legado caudillista que, lejos de destruirse, terminó por transformarse y adaptarse a los nuevos tiempos.
Finalmente el siglo XXI encontró la manera de terminar con el régimen priista, pero una vez más, ese sentir totalitario impregnó rápidamente a las variantes políticas de aquel entonces, aguardando el momento preciso para ver la luz nuevamente. Ese momento llegó en 2018, con el contundente triunfo de la autodenominada Cuarta Transformación, viviendo desde entonces y nuevamente bajo un régimen absolutista, disfrazado con algunos tintes democráticos, bajo el mando del hombre fuerte, el Gran Hermano que habría de guiar al país: Andrés Manuel López Obrador, el último caudillo de México.
Desde entonces, el país se ha estado poco a poco enrutando hacia un sistema autoritario, aunque en esta ocasión y muy curiosamente, avalado y solapado por la mayoría de un pueblo herido y menospreciado por los partidos del pasado, que entregó un peligroso cheque en blanco. Uno que le ha permitido al Movimiento de Regeneración Nacional hacer y deshacer a su antojo, llegando al punto de no retorno vivido el pasado domingo con la elección judicial que efectivamente, nos llevará ahora sí a vivir una transformación en la vida pública del país… pero por las peores razones.
Tras la implementación de la reforma judicial, a partir de ahora y como no habíamos visto desde el siglo pasado, los tres poderes de la Unión estarán bajo el mando de un solo grupo político que tiene tatuado el lopezobradorato en la piel. Un grupo que le responde a él. Un grupo que actúa a su imagen y semejanza. Un grupo que, como ya avisó uno de sus máximos exponentes, Gerardo Fernández Noroña, estará en el poder durante al menos los próximos cuarenta años.
Resulta curioso el momento en el que se da este golpe a la democracia: en el mandato de quien debía pasar a la historia como la mujer que sí llegó en un país repleto de machismo; quien debía pasar a la historia por romper ese techo de cristal; quien estaba llamada —hasta ahora— al reconocimiento por lidiar eficientemente ante el también caudillo del norte, Donald Trump. Pero que finalmente, pasará a la historia como la presidenta que permitió el atropello más grande en la historia del México moderno. El tiempo esperará paciente para juzgar a Claudia Sheinbaum.
A partir de hoy, lunes 2 de junio, la República Mexicana vivirá una nueva etapa. Una etapa que tras ser concluida, nos deja algunas reflexiones importantes: ¿Por qué el pueblo de México ha sido incapaz, en años, de construir instrumentos que empoderen a la ciudadanía y no al grupo de poder de turno? ¿Por qué la necesidad de entregarnos a los designios de un caudillo? ¿Cuándo pasó de moda la democracia?, Y más importante aún: ¿Existe una diferencia entre ser mexicano y ser lopezobradorista?