Las barreras invisibles
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónLe tenemos miedo al cambio, pues lo que conocemos, aunque sea imperfecto e inconveniente, de alguna manera lo dominamos; no por nada el adagio reza: más vale malo conocido, que bueno por conocer. Por lo anterior, es que cuando se nos presenta lo que pareciera una buena oportunidad, preferimos escudarnos en excusas, antes que asumir el reto que lo nuevo implica; incluso, de forma consciente o no, motivamos situaciones adversas que podrían servirnos como pretextos para no salir de donde nos encontramos, sin embargo, a pesar de la sensación de seguridad que lo conocido nos cause, si nos negamos a lo diferente, terminaremos estancados.
Queremos cambiar, siempre, pues sabemos, o al menos intuimos, el sitio en el que algo mejor se encuentra, pero al mismo tiempo sentimos cierta pena o vergüenza de reconocer que buscamos un cambio, pues qué van a decir los demás si dejamos de ser “lo que somos”, y por ello es que en muchas ocasiones, si nos animamos a darle un rumbo distinto a nuestras vidas, preferimos que sea sin que nadie se dé cuenta, así si fracasamos, nadie lo sabrá y estaremos a salvo de las críticas, del ya conocido “te lo dije”.
Pero también cuando tenemos el valor de aceptar los cambios que podrían ser favorables, buscamos la manera de autosabotearnos; quizás no cometemos ninguna acción para bloquear nuestro camino, pero sí nos decimos repetidamente frases que más que animarnos, nos hacen sentirnos con inseguridades, y es que el lenguaje es un obstáculo aún mayor que cualquier otro, pues mientras que las personas y circunstancias son ajenas a nosotros, y siempre ofrecen alguna manera de darles la vuelta, las palabras, que en última instancia son lo mismo que nuestros pensamientos, son capaces de adoptar la forma de muros impenetrables, y por ello resulta fundamental tener plena consciencia de aquello que decimos y nos decimos.
“No puedo”, “Siempre me equivoco”, “No doy para más” y un sinfín de frases más que nos desvalorizan todos hemos cometido el error de decírnoslas, pero no es por nada, sino que lo anterior es el resultado de nuestra convivencia con personas que, al dudar de nuestras capacidades o de sentir por nosotros cierta envidia, esgrimen contra nosotros esos enunciados “inofensivos” o “de broma” que terminan teniendo profundas repercusiones en nuestra psique.
La palabra moldea al mundo, y nos da forma a nosotros, por ello es que deberíamos de tener más cuidado y consciencia con respecto a las palabras que utilizamos. Encontrar un equilibrio en el lenguaje es fundamental para que nuestra realidad sea tal y como la imaginamos. En muchas ocasiones, somos inconscientes de que nuestra manera de expresarnos generalmente se centra en la crítica malsana hacia los demás, nos involucramos en rumores y hablamos sólo para descalificar, pero sin darnos cuenta de que lo estamos haciendo, suponiendo que nuestros comentarios son insignificantes y que, incluso, lo que decimos es necesario para hacerle un bien a quienes nos rodean, pero no es así, pues cuando hablamos en este sentido, no solamente le hacemos daño a quienes nos rodean, sino que también a nuestra persona. Las palabras que enunciamos son los diques con los que erigimos nuestra realidad, por lo que si nuestras palabras son negativas, así será también el mundo que habitaremos.
El lenguaje nos condena o nos eleva, y dominarlo es fundamental para ceder a los cambios y oportunidades que se nos ofrecen. Quien tiene miedo o pena de hablar, quien generalmente sólo critica a quienes le rodean, quien se expresa regularmente con palabras obscenas y, en fin, quien tiene un lenguaje oscuro, difícilmente hallará oportunidades para progresar en su persona; en cambio, quien piensa detenidamente lo que va a decir, se interesa por acrecentar su acervo de palabras y prefiere la escucha activa antes que ser el centro de atención con discursos y conversaciones vacíos, tiene más oportunidades de hallar cambios favorables y de saber ceder a ellos arriesgando muy poco. De esto nos habla la escritora Eva Sandoval en su libro ¿Y tú que crees?:
«A veces, cuando tenemos delante una gran oportunidad, aparecen de inmediato las excusas y justificaciones. Funcionan como un terreno que preparamos para retrasar —o incluso evitar— aquello que en realidad deseamos hacer. Frases como “espero que sea así”, “ya veremos qué me dicen”, “ojalá” parecen inofensivas, pero responden al mismo patrón: nos sitúan en el papel de espectadores, como si nuestro destino dependiera siempre de factores externos. Nos hacen olvidar que las decisiones verdaderamente determinantes son las nuestras y que, en gran medida, somos capaces de crear las condiciones que buscamos. Estas expresiones son barreras invisibles: obstáculos que se interponen entre lo que quieres y lo que haces. Otra barrera común es la necesidad de entenderlo todo antes de tiempo. Pretender comprender cada detalle puede limitar la aparición de lo nuevo. Hay procesos que requieren espacio y paciencia: cada cosa se entiende en su momento. Cuando renuncias al control, se abren las posibilidades y caen las barreras. Entonces te das cuenta de algo esencial: que, en última instancia, aquello que crees es lo que terminas creando. En ese momento, dejas de ser un rehén de las circunstancias para convertirte en autor de ellas.»
Los límites existen para separar, proteger y ordenar, pero algunos otros están para ser derribados, enfrentarlos y atravesados. Los límites visibles son los menos dañinos porque tenemos la oportunidad de sortearlos, pero aquellos que son invisibles, dificultan más la tarea, pues nos dan la sensación de que no existen, sin embargo, están ahí cerrándonos el paso y la oportunidad de asumir cambios que podrían ser favorables; si buscamos el cambio, cuidémonos de lo que nos decimos y creemos, pues ello representa las barreras invisibles.