El mundo iluminado / Se sumergen en las tinieblas
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEstamos destinados a desaparecer y la tumba es nuestra única certeza. Cuando nos acercamos a la sabiduría antigua, escuchamos reiteradamente frases como «Polvo eres y en polvo te convertirás», «Aprovecha el día y no confíes en el mañana», o «Recuerda que morirás», a pesar de ello, continuamos derrochando nuestro tiempo como si fuera posible volver a recuperarlo; pero lo cierto es que el tiempo no regresa y por ello es que éste es lo más valioso que tenemos.
La muerte, a pesar de su cercanía y frecuencia, es para nosotros desconocida; más allá de la evidente degradación de la materia, nada sabemos de ella. Los filósofos antiguos nos recomiendan que cuando besemos o acariciemos a alguien que amamos, lo hagamos sabiendo que aquello morirá algún día, pues tonto sería desear que durara para siempre, sin embargo, aún haciéndolo al pie de la letra de la recomendación, cuando la muerte se presenta resulta ser un golpe tan profundo que, al menos temporalmente, perdermos la cordura y nos entregamos a un sufrimiento tan grave que nos duele aún más porque no es lo suficientemente intenso como para arrebatarnos la vida y permitirnos partir junto con aquel ser amado que ha expirado.
La muerte es algo más que el cese definitivo de las funciones orgánicas, nos damos cuenta de ello cuando estamos ante el cadáver de quien en vida amamos y nos resulta semejante a un cascarón o cubierta en la que se resguardaba algo valioso, siendo imposible para nosotros que no pensemos que aquel cuerpo ya no es quien nosotros conocimos. Sí, la muerte es la terminación de las funciones de la materia viva, pero, además, es la partida del ser, el cual no sabemos en qué lugar queda una vez que su vehículo, el cuerpo, ha dejado de transportarlo.
La esencia, gran misterio, se esfuma con la muerte y cuando esto ocurre no podemos sino decir “gracias” a aquel ser que en vida nos dedicó, en mayor o menor medida, su tiempo y energía. La esencia se escapa, pero un poco de ella queda en nosotros por vía de los recuerdos impresos en nuestra memoria. ¿Pero a dónde va la esencia del ser con la muerte, y por qué cada cuerpo es habitado por una esencia diferente? El cadáver es un objeto ajeno a quien conocimos cuando la materia aún respiraba.
Debido a que la muerte nos resulta incómoda hemos tomado la decisión de no pensar en ella, pues suponemos que de hacerlo podría ser una especie de invocación perniciosa hacia nosotros, y es por este mismo miedo que en lugar de reflexionar en torno a lo que en algún momento habrá de pasarnos, fantaseamos con imposibles como el de la vida eterna y el de la inmortalidad del cuerpo; sin embargo, valdría la pena que antes de desear vivir para siempre examinemos cómo hemos vivido hasta este preciso momento en el que la mente nos confunde, pues, al examinar en retrospectiva nuestros pasos seguramente caeremos en cuenta de que nuestras obras no han sido precisamente las mejores y que si bien sabemos que hoy continuamos actuando de manera vergonzosa, no hacemos nada por mejorarnos; entonces, ¿si nuestra vida destaca principalmente por los vicios que por las virtudes, para que deseamos la inmortalidad?
Todo tiene que morir, la vida misma nos lo recuerda a cada instante, de ahí que formemos parte de un todo articulado en el que los de abajo suben y los de arriba bajan, de tal suerte que nada es estático ni permanece siempre en la misma condición. Nuestro cuerpo, por ejemplo, tiene un proceso celular llamado “apoptosis” que elimina las células anómalas e innecesarias a fin de garantizar la vida, pues la naturaleza ha establecido la ley que reza que sólo quitando lo innecesario, lo necesario triunfa.
La palabra “apoptosis” significa “desaparecer” y si nuestras mismas células están llamadas a desaparecer, por qué razón no habríamos de hacerlo nosotros también, considerando que somos células en este todo articulado que llamamos “universo”. El médico Jon Kabat Zinn, en su obra La práctica de la atención plena, menciona:
«Nuestro cuerpo aparece y acaba desvaneciéndose y, con su desaparición, desaparecen también las particularidades y la expresión personal de cada vida individual. Pero la vida misma, es decir, la red interconectada viva y palpitante de la que forman parte todos los organismos, perdura. Como dijo el poeta Eliot: “Tinieblas, tinieblas y más tinieblas. Todos se sumergen en las tinieblas, en los vacíos espacios interestelares, en el vacío del vacío. todos se sumergen en las tinieblas… y nosotros con ellos…” Cada día morimos un poco, del mismo modo que cada día nacemos un poco. Morimos a cada exhalación, para renacer a la siguiente inspiración. Estamos muriendo desde el momento mismo de nuestro nacimiento, una muerte que nos despoja de lo viejo y deja suficiente espacio para lo nuevo. Por ello, cuando somos conscientes y sintonizamos con esta perspectiva, podemos seguir creciendo y desarrollándonos sobre lo que ya somos y dándonos cuenta de ello, y sabiendo también, desde la perspectiva mayor de la totalidad, que jamás llegaremos a nada mejor que esto, porque la totalidad ya se halla totalmente presente.»
Sí, la muerte, a pesar de los estudios que hagamos de la filosofía, de nuestra entrega a la fe, o de nuestra identificación con el escepticismo, duele, pero aunque nunca lleguemos a comprender el para qué de la muerte, hay que tener claro que lo que no muere, se torna en un cáncer. Si bien solemos confiar siempre en nuestra mente, hay que saber que ella es nuestra enemiga y que nos llevará en algún momento a cuestionar el suceso de la muerte e incluso a considerarlo negativo, pero la muerte no es mala, ni tampoco hay que temerla. Por muy difícil que sea, tenemos que entender que la muerte es un paso más y que todo aquello que amamos no se salvará de dar ese paso, pues todos, y aún nosotros, cada día, se sumergen en las tinieblas.