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Qué fácil fue opinar este fin de semana por parte de algunas personas acerca de una dictadura que no sufrieron, y desde un país que —con todos sus defectos— aún conserva algo de vida democrática. Y es que tras meses de una escalada constante en las tensiones entre Venezuela y los Estados Unidos, la madrugada del sábado una noticia sacudió al mundo entero: Nicolás Maduro era capturado en una operación quirúrgica atribuida al grupo de élite conocido como los Delta Force, quienes extrajeron al dictador de su fortaleza para ponerlo a disposición de las autoridades estadounidenses.
Un hecho sin precedentes que hizo arder las redes sociales. Mientras miles de venezolanas y venezolanos compartían videos llorando de felicidad por la caída de un régimen dictatorial, que los llevó de una etapa de bonanza económica y social en la segunda mitad del siglo XX a buscar comida en la basura en pleno siglo XXI, en México no faltó quien se sintiera con el derecho moral de opinar desde fuera, condenando a Estados Unidos por intervenir otro país, pero sin responder nunca la pregunta incómoda: ¿y entonces cómo cae un régimen como el chavista? ¿Cómo se remueve del poder a un gobierno que acaba de consumar hace apenas un año, una vez más, elecciones fraudulentas?
El régimen de Nicolás Maduro dejó un saldo devastador: organismos internacionales y organizaciones de derechos humanos estiman más de 7,000 ejecuciones extrajudiciales, decenas de miles de personas detenidas arbitrariamente, millones de desaparecidos, y más de 7.7 millones de venezolanos desplazados forzosamente, convirtiendo a Venezuela en una de las mayores crisis migratorias del mundo contemporáneo, entonces ¿Por qué ahora quienes critican lo ocurrido en ese país, nunca criticaron con la misma fuerza la brutalidad del régimen socialista contra su propio pueblo?
A quien se ofenda por lo sucedido, vale la pena recordarle que Nicolás Maduro, más que un “presidente”, fue un dictador, un violador sistemático de derechos humanos, un presunto criminal de guerra y, de acuerdo con múltiples investigaciones judiciales internacionales, un capo del narcotráfico. ¿Con qué derecho muchos mexicanos sintieron la superioridad moral para tildar a los venezolanos de ingenuos, por no entender que su país fue intervenido y que muy probablemente, pagarán el precio con sus recursos? Ellos lo saben, lo saben muy bien y aun así, de momento parecen dispuestos a pagarlo con tal de librarse del yugo chavista.
Basta asomarse a cualquier red social para encontrar testimonios de venezolanos a quienes les expropiaron su casa, les desaparecieron a sus padres, los censuraron, les impidieron alimentar a sus hijos y los obligaron a huir del país que amaban. ¿Cómo condenar su felicidad desde el privilegio de no haber vivido en Venezuela?
Ahora bien, esto no implica cegarnos ante lo evidente ni ignorar el inevitable “¿y ahora qué?”. Por supuesto que Estados Unidos no actuó por bondad divina ni por una repentina vocación humanitaria, lo hizo por intereses, particularmente por los recursos de Venezuela, sobre todo su petróleo, pero quizá más preocupante aún será la reconfiguración política que el país tendrá que enfrentar. El propio presidente Trump lo dijo sin rodeos: Estados Unidos se hará cargo de Venezuela hasta que Estados Unidos considere que está lista para gobernarse por sí sola. Qué conveniente.
Más inquietante todavía es la forma en que se redistribuirá el poder en el corto plazo. Mientras muchos asumían que este recaería en figuras opositoras como María Corina Machado o Edmundo González —quien presuntamente ganó las elecciones de 2024—, cayó como balde de agua fría que, en conferencia de prensa, Trump declarara que la premio nobel de la paz, no cuenta con el respaldo ni el respeto necesarios para gobernar Venezuela.
Tras estos escandalosos comentarios, ha circulado en diversos espacios que serán los antiguos cuadros del propio Maduro quienes asumirán el control inmediato del país: Diosdado Cabello, Vladimir Padrino y sobre todo Delcy Rodríguez, a quien el Secretario de Estado Marco Rubio, habría reconocido como la figura que tomaría las riendas del poder para ejecutar la agenda dictada desde Washington. De ser así, Estados Unidos no habría intervenido para erradicar al chavismo, sino para domesticarlo. Algo que visto fríamente tiene lógica: Washington hoy tiene control total sobre los chavistas, pero no sobre una oposición que podría resistirse a la tutela estadounidense, aún hay muchas preguntas sin resolver.
Ya de regreso a México, este hecho sin precedentes seguramente provocó más de un sobresalto en Palenque Chiapas, pues lo impensable terminó ocurriendo, tanto así que por segunda ocasión en cuestión de meses, el retirado expresidente Andrés Manuel López Obrador, salió de su retiro para condenar las acciones contra su amigo Nicolás Maduro. Un acto por decir lo menos, temerario, considerando las crecientes investigaciones y sospechas sobre su círculo más cercano por presuntos vínculos con el crimen organizado, el mismo argumento utilizado por Estados Unidos contra el régimen venezolano. Quizá, en estos tiempos, el mejor consejo para el expresidente Obrador es que; calladito se ve más bonito.
Evidentemente, Estados Unidos no podría hacer en México lo mismo que hizo en Venezuela, por el tamaño, la importancia y la complejidad de nuestro país. Pero será interesante escuchar qué tenga que decir Nicolás Maduro sobre su cercanía y complicidad con el gobierno mexicano. Tal vez, por fin, respondamos a la pregunta planteada en editoriales pasadas: ¿qué le debe Claudia Sheinbaum a Nicolás Maduro para defenderlo tan airadamente? Quizá no falte mucho para averiguarlo.
Mientras tanto, en lo que parecen ser los tiempos de mayor incertidumbre política en la región en décadas, la única certeza es que la moneda está en el aire. América Latina podría estar entrando en una reconfiguración histórica, donde viejas dictaduras, nuevas intervenciones y silencios cómplices marcarán el rumbo de los próximos años. Nada está escrito. Y lo que viene, para bien o para mal, promete cambiarlo todo.