Análisissábado, 7 de octubre de 2017
DOS PECES, CINCO PANES
Juan Jesús Priego
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Juan Jesús Priego
Jesús atravesó el mar de Galilea. Lo seguía una gran multitud. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Al levantar los ojos, vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: “¿Dónde compraremos pan para darles de comer?”. Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: “Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan”. Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: “Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?”. Jesús le respondió: “Háganlos sentar”. Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: “Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada”. Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes. Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: “Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo”. Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña (Juan 6, 1-15).
De que Jesús tenía seguidores, los tenía. Esta vez el evangelio nos presenta a toda una multitud reunida en torno a su persona. Tan sólo los hombres eran unos cinco mil, precisa Juan para que nos hagamos una idea de cuánta gente se trataba. Ni las mujeres ni los niños entraron en el cómputo, pues, de haberlo hecho, habríamos tenido esta cantidad cuadruplicada. Las autoridades religiosas de Israel debieron de mostrarse muy preocupadas. ¿Cómo es que ese carpintero –ese albañil, diríamos hoy- poseía tal magnetismo? ¡Ningún maestro, al menos que ellos recordaran, logró reunir tal cantidad de gente! Pero había un problema: que se hacía tarde y aquella multitud no había probado bocado en todo el día…
La escena nos recuerda el salmo 23: “El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas”, pues en el relato del evangelista aparece incluso la hierba verde. El evangelista nos presenta a Cristo como el Buen Pastor que sacia el hambre de sus ovejas, las lleva a lugares tranquilos y les da nueva fuerza.
Ahora bien, ¿cómo obró Cristo este milagro? Lo obró de la misma manera en que Dios obra todos los días el milagro de la multiplicación de los panes, sólo que aquí lo hace a la vista de todos en tanto que cotidianamente, por decirlo así, lo hace de una manera mucho más silenciosa y discreta. Ya a comienzos del siglo V, San Agustín se quejaba de que el milagro de la multiplicación de los panes que Dios realiza cada día nos deje indiferentes por habernos habituado a él.
En el siglo XIX, teólogos demasiado racionalistas decían que había que eliminar del evangelio todo cuanto sonase a milagroso; y, puesto que los milagros no existen, lo más seguro es que Cristo, allí, hubiese hecho una linda trampa. Uno de ellos, por ejemplo, imagina que las cosas pudieron suceder de esta manera: que Jesús, previamente, hubiese llevado el pan a aquel lugar del que habla el evangelio y que, colocándose en la entrada de una cueva, iba repartiéndolo según se lo iban pasando los discípulos que en el interior de ésta se hallaban agazapados. ¡Vaya explicación! Pero hay hipótesis más actuales aunque igual de racionalistas que dicen que, más bien, pudo haber ocurrido lo siguiente: que la gente llevaba sus provisiones –como aquel que traía consigo aquellos cinco panes y los dos pescados- y, así, poniendo estas provisiones en común, todos pudieron comer hasta saciarse, incluso los que no llevaron nada. “¡Claro! –dicen los que se atienen a esta última explicación-, es que el verdadero milagro, allí, no es otro que el de la solidaridad”. Pero tampoco esta teoría nos deja satisfechos. Por último, hay también explicaciones de tipo místico que convencen tanto –o tan poco- como las anteriores; he aquí una de ellas: “Tenemos buenas razones para admitir que los cinco panes de nuestra historia aluden a los cinco libros de Moisés… Los dos panes simbolizan, en cambio, los otros dos conjuntos de textos, es decir, los libros de los profetas y los demás escritos. Con esto alimenta a la muchedumbre y ésta es la comida que Jesús da a todos los que se acercan a Él” (Josef Imbach, Milagros. Una interpretación existencial).
Mas, ¿por qué este empecinamiento en admitir lo que dice el texto en su literalidad? ¿Que no –como hemos dicho hace un momento- Dios es lo suficientemente poderoso como para multiplicar el pan y saciar con él el hambre de sus hijos? Lo que Dios hace todos los días para alimentar a 7 300 millones de hombres, aquí lo hace para saciar el hambre de 20 o 30 mil. ¿Qué hay, pues, de extraordinario en ello? ¿Quién podría sorprenderse, si se trata, en el fondo, del mismo prodigio?
“El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas”. En efecto, cuando estamos con Jesús nos sentimos más tranquilos. Él, con su palabra, nos tranquiliza. Cundo entramos en contacto con su palabra, ya no nos obsesionan nuestras necesidades materiales, pues sabemos que es lo suficientemente bueno y poderoso como para satisfacerlas. Como aquellos hombres de hace dos mil años, también nosotros podemos escuchar a Jesús, y lo escuchamos al leer el evangelio. Y, a cambio y como recompensa, él nos da tranquilidad. Su palabra nos pacifica y, cuando cerramos el libro santo, ya no lo hacemos ansiosos ni desasosegados.
La segunda cosa que él hace por nosotros es ésta: repara nuestras fuerzas. Ya en el Antiguo Testamento, en el libro de Nehemías (8, 10), aparece esta sentencia verdadera: “Celebrar al Señor es nuestra fuerza”. ¡Así es! Cuando abandonamos la comodidad de nuestro hogar y vamos a la iglesia a comer de su pan, ya no somos los mismos títeres del destino o de las circunstancias que antes éramos, sino que nos volvemos fuertes. Tratándose de Jesús, lo que sucedió hace dos mil años puede hoy volver a suceder…