Análisissábado, 25 de febrero de 2017
HONRA A TU PADRE Y A TU MADRE
Juan Jesús Priego
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Juan Jesús Priego
¿Ha reparado usted, señor, en la manera en que está formulado el cuarto mandamiento de la ley de Dios? Dice así: “Honra a tu padre y a tu madre; de este modo prolongarás tu vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar” (Éxodo 20, 12). Ahora bien, ¿qué significa honrar, al menos en este contexto específico? ¿Significa hablarles con respeto, no levantarles nunca la voz y, por supuesto, mucho menos la mano? Ah, cuántas veces he visto en mi vida a niños caprichosos gritando a sus padres cosas parecidas a ésta: “¡No te quiero! ¡Te odio!”. ¿Cómo se atreven a hablar de semejante modo? Confiese que nos encontramos aquí en las antípodas de lo que pide el mandamiento. Y, sin embargo, ¿qué significa honrar? ¡Ah, este extraño verbo resulta la mar de problemático, porque es ambiguo! Pero, si me lo permite, de esto hablaremos después. Por ahora le pediría que no deje de observar que aquí el padre y la madre se encuentran en un plano de estricta igualdad. El mandamiento no dice: “Honra a tu padre y haz caso a tu madre”, por ejemplo, lo cual habría sido hasta cierto punto natural, sobre todo si se piensa que en aquella época lejana la mujer, por lo que sabemos, no era aún suficientemente valorada. Sin embargo, contra toda previsión, el mandamiento incluye también a la madre, cosa ésta que, como le digo, en aquellos tiempos era profundamente novedosa y diríamos que hasta revolucionaria. ¡También la madre debe ser respetada, y quien no la respete merece recibir el mismo castigo que aquel que ha ofendido a su padre! Ahora bien, por lo que hace a las sanciones, el libro de la ley es bastante explícito y no deja lugar a dudas: “El que maldice a su padre y a su madre, es reo de muerte” (Éxodo 21, 17). Así pues, el mandamiento protege no sólo al padre, sino también a la madre. Una vez, según cuentan los biógrafos de San Serafín de Sarov (1759-1833), “un hombre vino a quejarse de su madre, que era borracha; él le puso en seguida la mano en la boca para impedirle hablar y para mostrar que los vicios de los padres no dispensan a los hijos de honrarles como exige la Biblia”. Hermoso ejemplo, ¿no le parece? Y, sin embargo, aún no he llegado al punto decisivo: ¿qué significa honrar? O, dicho con otras palabras, ¿qué es, precisamente, lo que Dios quiere que hagamos con nuestros padres? Cada uno –así nos lo aseguran los lingüistas- tiene una idea muy particular de lo que puede significar una determinada palabra; pero, por lo demás, señor, aquí no se trata de imaginar nada, ni tampoco de acudir a eso que se ha dado en llamar nuestro imaginario simbólico, sino sólo de saber qué es exactamente lo que Dios nos pide. El verbo honrar puede adquirir en nuestra imaginación y en nuestro afecto las significaciones más diversas, pero esto no quiere decir que hayamos comprendido lo que esto significa en el lenguaje divino. Insisto: ¿qué significa honrar? He aquí algo de lo que pude enterarme hace poco, señor, y espero que no se impaciente usted si, en vez de hablar, me pongo a leer en voz alta. He aquí lo que quiero que también comprenda usted como he llegado a comprenderlo yo: “La etimología de la palabra kabbod, palabra hebrea que traducimos por honrar, nos proporciona ya una respuesta inicial. En la Escritura esta palabra tiene un valor sacral. Se aplica a Dios, a las personas y a los objetos que tienen un carácter sagrado, como el Ángel de Yahvé, Jerusalén, el templo, el sábado, etcétera. Atribuye, pues, a los padres, un valor especial, trasladándoles al dominio de lo sagrado, puesto que los pone en relación directa con Yahvé”. ¿Se ha dado cuenta de la importancia de mi descubrimiento? ¿Calcula usted todo lo que esto significa? Significa nada menos que esto: que, para un hijo, sus padres son sagrados e intocables: algo así como Dios en la tierra, si se me permite hablar de este modo. “Cuando hables con ellos, hazlo con el mismo respeto con el que le hablarías a Dios”, parece decirnos como entre líneas el mandamiento, y los judíos de aquel tiempo comprendían que esto era así porque captaban los matices de su lengua. ¿Y me creerá usted si le digo que cuando leí las líneas que acabo de leerle casi me caigo de la silla? No era para menos, señor. ¡Por supuesto que no era para menos! Pero hay todavía una pregunta que hacer respecto a este espinoso asunto, y es ésta: ¿por qué hay en la ley de Dios un mandamiento –el cuarto- dirigido exclusivamente a los hijos, pero no hay en ninguna parte otro dirigido a los padres que diga: “Amarás a tus hijos y a tus hijas”? Una vez, un amigo mío me hizo esta pregunta, y la verdad es que no supe qué responderle. -Me figuro –le dije aquella vez para salir del paso- que porque es más natural y espontáneo que un padre ame a su hijo, que un hijo ame a sus padres, de manera que no había para qué reglamentar un amor que se da por descontado. No era una mala respuesta, después de todo, pero ahora veo el asunto con mayor claridad. Y es que mientras los padres saben que su hijo es suyo, éste no sabe quiénes son sus padres más que porque así se lo han dicho, o porque así ha llegado a creerlo; en otras palabras, sabe que ellos son sus padres sólo por un acto de fe. La madre está segura que de que este niño es hijo suyo -¡cómo no va a saberlo, si lo ha llevado en su vientre!-, y por eso lo ama. Sin embargo, el hijo nunca puede estar seguro de que esto es así y por eso le es ordenado que ame a sus padres. ¡El amor de los hijos por sus padres no brota, señor, tan naturalmente como brota el amor de los padres por sus hijos! De ahí que Dios haya tomado todas las medidas pertinentes al caso estableciendo reglas a este respecto. ¿Le parece mi teoría inverosímil? ¿La encuentra absurda? Si tuviera usted a mano una mejor que la mía, le suplico que al instante me la haga saber.