Opinión / La relación glacial
Quizá jamás comprenderemos del todo lo que dijo Dios casi al final ya de su tarea creadora: «No es bueno que el hombre esté solo» (Génesis 2,18). ¿Por qué nuestras modernas antropologías no parten de allí? ¿Por qué parten, más bien, de otros supuestos? Sí, la soledad mata, y la soledad absoluta mata absolutamente.
¡Estos científicos del demonio creían que el hombre era un ser que se adaptaba a todo! Sí, es posible que a todo se adapte, pero a lo que nunca se adaptará, por más que se esfuerce en ello, es a estar siempre solo, a no recibir nada del mundo exterior, pues la soledad es para él veneno puro.
En el largo texto que me he tomado la libertad de transcribir hay una frase que me llena de inquietud y al mismo tiempo me emociona; se trata de lo que dice el doctor Hebb al finalizar sus despiadados experimentos: ¿Quieres que la gente enloquezca de veras? Bien, basta con que no le des absolutamente nada.
Ya sé que Erich Fromm dijo una y otra vez en sus libros que «amar es fundamentalmente dar, no recibir». Sí, y, sin embargo, el que da también querría recibir alguna vez. No puede estar sólo dando y el otro sólo recibiendo.
Digámoslo con mayor claridad: allí donde ya no se recibe, allí donde se ha dejado de dar y recibir alternativamente, allí hace su aparición la soledad, y, con ella, o la locura o la muerte. ¡Qué le vamos a hacer: ya dijo Dios que no es bueno que el hombre esté solo, y si es Él quien lo dice, por algo será!

















