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Análisislunes, 19 de enero de 2026

La comunidad recupera su lugar

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Lo que ocurrió en Villa Bonita no es una excepción. Es un patrón que se repite en distintos puntos de Culiacán: parques abandonados, canchas inutilizadas, espacios públicos cedidos al crimen. Cuando el Estado se retira, alguien más ocupa ese lugar. Y casi nunca lo hace para bien.

La paradoja es brutal. Mientras la colonia crecía comercialmente —restaurantes, negocios, flujo económico— el parque, el corazón comunitario, se pudría entre basura, monte y sangre. El desarrollo avanzó por las banquetas, pero no entró al espacio común. Ahí nadie invirtió, nadie limpió, nadie vigiló.

La escena es profundamente simbólica: mientras el gobierno promete estrategias, son los vecinos quienes reparan columpios, resanan muros baleados y ofrecen a los jóvenes una alternativa distinta a la calle. En una ciudad donde el discurso oficial insiste en que “todo está bajo control”, Villa Bonita grita lo contrario.

El espíritu de servicio

Los integrantes de los cuerpos de socorro siempre están en la “línea de fuego”… literal.

A cuestas llevan horas sin dormir, esperanzados en rescatar a aquellas personas que han quedado atrapadas en accidentes, en incendios, que no tienen posibilidad de sobrevivir.

Detrás de ellos hay horas de formación, de capacitación constante, y todo eso cuesta. Pese a ello, su espíritu inquebrantable los obliga a dar siempre el extra aunque la adversidad los tenga contra las cuerdas.

En Mazatlán el linaje de bomberos es, en gran medida, de familias, que dentro del cuerpo perpetuan el legado de salvar vidas, incluso, por encima de las propias.

Incluso, hasta cuando salvan a una mascota se ve ese valor.

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