Puertas cerradas al reclamo
El mensaje es claro y preocupante: cuando el reclamo incomoda, se administra el acceso; cuando la exigencia viene de abajo, se pospone la escucha. El Congreso, que debería ser la casa del pueblo, opera como oficina con horario restringido y filtro político.
Hoy fueron jubilados universitarios. Mañana puede ser cualquier otro sector. Las puertas cerradas no resuelven conflictos; los incuban. Y un Congreso que le teme al reclamo pacífico termina siendo rehén de su propia sordera.














